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J. Puig
Octubre 2007
Savater vuelve a esta de moda por
su protagonismo en la formación de Unión, Progreso y Democracia. Se le
reclama para ejercer como guinda “transgresora” y “provocadora”,
en las filas de la derecha divina.
El
papel de este filósofo ha sido perfumar con efluvios progresistas e
incluso “heterodoxos” territorios invariablemente reaccionarios. Se
habló mucho de él a raiz de un libro titulado “Contra las patrias”.
En él todo nacionalismo era sometido a una implacable condena, tras lo
cual concluía cantando las excelencias democráticas de la monarquía de
partidos entronizada en 1978. Un Estado sin nación, por lo visto.
Pero
lo más memorable ha sido su función defensora del lugar del “Estado
democrático de 1978” en el nuevo orden mundial: apoyo al sí en el
referéndum sobre la entrada en la OTAN, apoyo a la primera invasión de
Iraq y luego a la de Yugoslavia. Se apuntó más tarde al apoyo a la
Constitución Europea.
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Incluido
por Zapatero en la Comisión de Sabios que debía reformar la televisión,
se colocó en la primera fila de los partidarios del “proceso de
paz” y de la denostación de las manifestaciones de las víctimas del
terrorismo –durante las cuales hizo gala de un desalmado arte en la
injuria, calificando a Alcaraz de “mezcla
del cobrador del frac y la monja de las llagas”-.
Todo esto no le ha impedido alistarse a la formación de un nuevo
“partido nacional”, desde el que multiplica nuevas ocurrencias de
bribón. Como la grotesca simultaneidad de varias afirmaciones
recientes, en la línea del libro antes citado: que “la idea de España
me la suda y me la sopla”, que España es “una entidad metafísica”
y que “lo que me preocupa es el Estado”. ¿El Estado de dónde? No
puede ser otro que el Estado español. Las ensoñaciones humanitaristas
del individualismo burgués carecen, por el momento, de Estado. Humania
no existe todavía. Pero si España es una “entidad metafísica” que
se la suda y se la sopla a Savater, ¿por qué le preocupa el Estado
español?
Son las majaderías que cabe esperar del intelectual de servicio de la
monarquía y el capital, en su versión de “enfant terrible”.
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