NUESTRO SOCIALISMO

Extractos de la Ponencia aprobada por la III Conferencia Nacional (julio del 2001).

 

NUESTRO SOCIALISMO
1. UN NUEVO SENTIDO DEL TRABAJO Y DE LA TÉCNICA
2. DIRIGIR LA ECONOMÍA, NO SUFRIRLA
3. EL BENEFICIO, ACICATE DEL SISTEMA Y FUENTE DE SUS CRISIS
4. LAS FALACIAS DE LA "GLOBALIZACIÓN"
5. EL PLAN DE TRABAJO
6. IR MÁS ALLÁ DEL "PROGRESO"
7. ORIENTACIÓN EXTERIOR
8. ACERCA DE LA DISTRIBUCIÓN
9. MODIFICACIONES DEL RÉGIMEN DE PROPIEDAD
10. LA PLANIFICACIÓN COMO MOVILIZACIÓN INTEGRAL
11. COMUNIDAD POLITICA VERSUS SOCIEDAD MERCANTIL
12. NOTAS

 

1. UN NUEVO SENTIDO DEL TRABAJO Y DE LA TÉCNICA

“Incontable es el número de quienes no soportan al mundo actual e intentan escapar del mismo. En cierta derecha, sigue hallando predicamento la vía romántica, de evasión ensoñadora, pasiva, hacia un pasado maravilloso. Y, en cierta izquierda, continúa la búsqueda de consuelo mediante construcciones utópicas. Estas utopías siempre han consistido en proyectar hacia el futuro meras inversiones de lo real, destiladas por la impotencia y el resentimiento. Por otra parte, en las últimas décadas, el sistema ha ensanchado considerablemente la oferta de sacramentos químicos para huir hacia "otra dimensión de la realidad".

Estamos también quienes no pertenecemos a ninguna de las razas de hombres en fuga, a ninguna de las estirpes de vencidos por el liberal-capitalismo. En este caso, sólo nos queda una salida: ¡la fuerza contra la fuerza! El sistema actual únicamente puede ser derrocado a partir de otro proyecto de poderío. Sin embargo, no se trata de enfrentarle cualquier fuerza desnuda, elemental, cualquier "voluntad de poder" arbitraria o caprichosa. Se trata de oponerle el combate por un dominio legítimo, correspondiente a un nuevo avance en la instalación de la verdad, frente a la mentira individualista y economicista del sistema actual.

Esa nueva alternativa de dominio comporta un nuevo sentido del Trabajo. Base y objeto primario de la nueva República por la que lucha el PNR será el Trabajo, manual, técnico, intelectual, directivo, en todas sus manifestaciones, entendido como servicio a la Nación y como única fuente legítima de sustento y desarrollo personal y de reconocimiento social. Estimamos que el Trabajo no debe quedar enclaustrado en la significación económica que innegablemente posee. Ha de trascenderla, para ser conceptuado como deber y derecho político decisivo y abarcar todas las ocupaciones vitales para la comunidad nacional.

Tal concepción no podría concretarse sin romper con las nociones dominantes en la actualidad. Desde el punto de vista de los grupos socialmente hegemónicos, el trabajo se reduce a un mero instrumento de la acumulación de capital que, con cada variación de las bases técnicas, se reestructura dejando en la cuneta a millones de residuos sociales. Y, para los grupos sociales dominados, equivale a un simple medio de subsistencia o, en el mejor de los casos, de imitación rebajada de los modelos de consumo de los grupos sociales hegemónicos.

Se impone, por tanto, una crítica radical a la consideración actual del trabajo, siempre economicista -es decir, exclusivamente remitida a las categorías de producción y consumo- y, además, fuente de extorsión de valor mercantil. Es necesaria una nueva concepción, asociada a las ideas de comunidad nacional y potencia creadora, una afirmación del valor directo del trabajo como escuela y palanca de despliegue de las facultades de la ciudadanía. ¿Cuándo va a dejar de pesar sobre nosotros la noción bíblica del trabajo como maldición, castigo o mal necesario?

También atribuimos una relevancia decisiva a la Técnica. Así corresponde a nuestra tradición originaria: a la tensión creadora que atraviesa lo mejor de la experiencia europea. Esa alternativa aceptará tanto la herencia heroica de servicio a la verdad que funda la comunidad, como la herencia prometeica, de transformación del mundo. Heracles y Prometeo dejarán de estar manipulados y torturados por los dioses, finalizará su enfrentamiento estéril y se pondrán a trabajar, codo con codo, en la gran mutación socialista que imponen los retos del siglo XXI.

Para ello, será necesario que la técnica sufra también un cambio de sentido. Durante milenios, la mediación técnica entre el hombre y la naturaleza no se autonomizó. La técnica se interponía entre el hombre y el resto de la naturaleza según la voluntad del primero. Con el paso de la herramienta a la máquina, paso empotrado dentro del ascenso capitalista, tiene lugar un cambio radical en las mencionadas relaciones. La técnica se superpone al hombre. Por ello, en contraste con las apologías del "Progreso", también es corriente escuchar la denuncia de la "transformación del hombre en apéndice de la máquina". Ahora bien, esa autonomización de la técnica actual no se deriva de su complejidad, sino de su papel de elemento de una dinámica económica que ha devenido proceso ciego. La tecnología es una mercancía que, como todas las demás, sólo atiende en sus destinos, desarrollos y aplicaciones a la posibilidad de incremento del valor del capital. Ello impone permanentes restricciones a las propias posibilidades de la investigación y la técnica. El nivel tecnológico puesto en obra no depende tanto del esfuerzo conscientemente realizado, de la inventiva de los hombres, como del grado de integración que alcance la investigación en el capital, con la estricta finalidad de auto-reproducción del mismo, para resolver las crisis periódicas de acumulación en que se desenvuelve.

En una comunidad merecedora de futuro, como debe ser la España y la Europa socialistas por las que luchamos, el hombre no entrará en competencia con la máquina ni se sentirá un mero accesorio de la misma, pues dejará de ser un simple "factor de producción" y de subordinarse de forma ciega y fatalista al "Progreso". Y recurrirá a las máquinas no con vistas a un ocio que le reduciría a la atrofia de un estado fetal, sino como medios de impulso de la potencia de la comunidad nacional y del crecimiento y diversificación del desarrollo de sus ciudadanos.

En multitud de campos, la nueva forma de vida no sólo seguirá impulsando las conquistas técnicas, sino que lo hará con mayor rapidez que el sistema actual. Es frecuente extasiarse frente a los adelantos técnicos de hoy. En realidad, haría falta extrañarse todavía más ante la lentitud con que muchos descubrimientos penetran en la industria. Grandes sectores de la industria actual viven de los avances realizados hace decenios. Los vehículos basados en el motor de explosión y la energía petrolífera son auténticos fósiles respecto de lo que permiten investigaciones ya realizadas y experiencias iniciales. La automación se halla tan sólo en sus balbuceos y avances en terrenos de importancia vital, como el de la fusión nuclear, se están registrando con un dramático retraso. La República del Trabajo no topará con la inercia de las actuales relaciones sociales, que permiten modificar las bases técnicas únicamente cuando las tasas de beneficios se han hundido, o cuando accidentes históricos obligan a variar los aprovisionamientos y mercados.

La nueva República alentará una decisiva implicación de los medios de fomento tecnológico, gracias a unas posibilidades de concentración de recursos y decisiones que el presente sistema no conseguirá jamás. Podrá poner en pie complejos industriales que no resultan rentables desde el punto de vista de los actuales grupos privados, pues verá en ellos ventajas que no son percibidas desde el punto de vista de la mercancía. Pero ese Estado no vacilará en recurrir a procedimientos que en la actual perspectiva son desdeñados como arcaicos, si así lo aconsejase el mantenimiento de ciertos equilibrios ambientales, el hábitat, el desarrollo de las capacidades físicas de los miembros de la comunidad, etc. Antiguas técnicas artesanales serán reexaminadas en todos los campos.

Otro orden de razones impone disociar tajantemente el genio de la Técnica respecto del imperio de la Mercancía. La adhesión aquí manifestada a la investigación y a la técnica persigue un dominio creciente sobre la naturaleza, incluida la parte que algunos llaman "naturaleza humana". Pero dominio y victoria no son forzosamente sinónimos de vampirización sañuda de lo que nos rodea. Han de ser inseparables de la generosidad, del intento de devolver a la vida más de lo que ella nos ha dado, de la solidaridad con las generaciones venideras, de la previsión responsable de las consecuencias de nuestros actos. La pasión por plegar los elementos a nuestra voluntad, debe ir a la par del esfuerzo por un creciente dominio de nosotros mismos.

En cambio, el sistema actual proporciona vuelo a una tendencia a la degradación del entorno, a la explotación indiscriminada de materias primas y otros recursos y a opciones miopes e insensatas en cuanto a las fuentes de energía.

No obstante, hay que aclarar que esta línea de protección del medio ambiente se distancia abismalmente de la mayoría de las corrientes ecologistas, cuyos idearios "naturalistas" se reducen a pura ecolatría. El ecólatra no defiende los derechos del hombre a vivir dignamente sobre la Tierra, como afirma en sus manifiestos, sino los derechos de la Tierra (junto con sus animales, plantas, mares, oxígeno, etcétera), a no ser perturbados por el hombre. Lo que venera el ecólatra no es logro de un hábitat adecuado para los hombres, sino la "pureza" de una naturaleza en la que el hombre esté ausente. O, peor aún: en la que el hombre siga presente, pero no al modo humano, es decir, emprendedor, proyectivo, creador, sino al modo animal y, si es posible, vegetal. La ecolatría es un subproducto nihilista de algunas de las grandes crisis ideológicas de nuestro tiempo. Es un dogma para beatos sin fe, comunistas sin comunismo y fascistas sin fascismo”.

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2. DIRIGIR LA ECONOMÍA, NO SUFRIRLA

“Los cambios antes aludidos en los contenidos del trabajo y en la función de la técnica, expresión de profundas transformaciones en las metas de la comunidad nacional, conducen a una impugnación del mundo del Burgués. Durante el pasado periodo, tal impugnación se resumió en la denuncia del capitalismo como sistema de expropiación que, a su vez, debía ser expropiado. Esta acusación no ha perdido vigencia, pero es preciso subordinarla a un ángulo de impugnación mucho más importante, que tiene como raíz la responsabilidad histórica.

El mundo de las máquinas, ha provocado un trastrocamiento integral de la existencia. Ha convertido de modo irrevocable la relación del hombre con la naturaleza en una empresa cada vez más colectiva, que establece apretados lazos de dependencia reciproca entre millones de hombres e instaura una realidad cada vez más compleja. Ha convocado poderes inmensos, que permitirían una formidable ampliación de horizontes. Existe un gigantesco material que aguarda con impaciencia que se le impregne de un sentido legítimo. Una colosal acumulación de medios de poder se halla dispuesto para un nuevo dominio histórico. El sufrimiento del mundo, un sufrimiento de signo universal, es que el mencionado dominio no se ha plasmado todavía. El dominio del Burgués subordina todo ese inmenso caudal de posibilidades a los "derechos del Individuo" y a la búsqueda frenética de su felicidad consumista. El resultado no ha sido "la Libertad". Han sido las formas más monstruosas de tiranía y, sobre todo, el desarrollo de un proceso económico que se superpone al hombre como un gigante desencadenado, incapaz de frenarse. ¿Qué son las crisis periódicas, sino la demostración de que el trabajo y la técnica no pueden ser racionalmente organizados desde las categorías políticas y económicas del individualismo?

El mundo del Burgués nació glorificando al Individuo. Pero el Individuo, que no tolera el "gobierno de los hombres" [1], ha terminado siendo un lamentable esclavo de las cosas. La economía se ha autonomizado, convirtiéndose en proceso, en movimiento dotado de vida independiente, que los gobiernos tratan de controlar. Pese al creciente refinamiento de los instrumentos de previsión y de coordinación de actuaciones, el estallido siempre recurrente de las crisis es una muestra de que los gobiernos fracasan a la postre en su empeño. Se ha descrito frecuentemente al capitalismo como un aprendiz de brujo. Las consecuencias de su dominio hubieran dejado estupefacto a cualquier hombre de épocas anteriores: crisis de penuria no originadas en catástrofes naturales sino en el hecho de producir demasiado en relación con las tasas de beneficios que pueden obtenerse en un momento determinado, creación del "subdesarrollo" por la penetración del "desarrollo", consumo inducido en aras de la producción, etc.

El carácter procesual y anárquico del capital ha sido frecuentemente ignorado o incluso negado por quienes proclamaban su oposición al sistema. Muchos de ellos han tendido a presentar la historia moderna como fruto de una todopoderosa maquinación del "capitalismo internacional", el "judaísmo mundial", "las multinacionales" u otras versiones laicizadas de la omnipotencia divina.

Es cierto que las cumbres de la burguesía de los países más poderosos concentran formidables cuotas de hegemonía social, gracias a los resortes de poder económico que controlan, y ello les permite disponer de recursos políticos decisivos. Pero, al mismo tiempo, una y otra vez las vemos doblegarse ante las exigencias del capital como proceso. Detentadoras de la parte fundamental del capital, deben obedecer, sin embargo, a una fuerza que las arrastra, las trastorna y reiteradamente las hace fracasar. Los individuos, las empresas y los gobiernos cuentan indudablemente con un margen de maniobra, pero no siempre pueden navegar contra la corriente.

El capitalista, sea individual o colectivo, aparece como la personificación de una porción del capital en concurrencia con las demás porciones. Marx definió apropiadamente a los capitalistas como "funcionarios de la acumulación de capital". Los burócratas marxistas que durante décadas han gobernado en la URSS y países parecidos, han proporcionado el ejemplo más acabado de esa definición.

En los años 50 y 60 se multiplicaron las previsiones de una pronta eliminación del proceso anárquico del sistema gracias a diversos cambios. Por una parte, las intervenciones del Estado iban a garantizar el carácter equilibrado del crecimiento y el pleno empleo. Por otro lado, las condiciones de monopolio permitirían inversiones más planificadas que casuales y precios más administrados que libres, así como una mejor investigación de los mercados.

Es innegable que, tras la segunda guerra mundial, el Estado se ha dotado de instrumentos capaces de atajar fenómenos especulativos y de contener quiebras financieras en cadena que fueron fatídicas en 1929. Pero la previsión de una eficacia más general del intervencionismo mostraba un vicio fundamental de planteamiento. Eludía considerar si es posible para un gobierno de la actual forma de vida, es decir, un gobierno orgánicamente encargado de la defensa del sistema de producción de beneficio, impedir la manifestación de las crisis que se derivan de ese sistema y cuya erradicación exigirían atacar al beneficio. La única posibilidad de cerrar el paso decisivamente a la superproducción hubiera sido un curso sostenido de aumento de capacidad adquisitiva de la población sin paralelo incremento de precios. Pero esas medidas no podían, ni pueden, ser llevadas a cabo de forma duradera y a gran escala por gobiernos vinculados a la hegemonía del gran capital. De hecho, ninguno de los gobiernos ha intentado jamás la superación de la crisis por esas vías. En cambio, han preferido recurrir a innumerables paliativos que, como la morfina, sólo depararan efectos temporales.

Tampoco es cierto que la monopolización de la economía pueda erradicar el carácter anárquico del curso capitalista. En primer lugar, no existe nada similar al monopolio absoluto. Lo que existe es el mundo de los oligopolios, entre los que se produce una concurrencia intensa. Además, bajo el capitalismo, incluso un sector reducido a una sola empresa toparía rápidamente con la competencia de las mercancías sustitutivas de sus productos.

Por otra parte, cuando se habla de mercado desde principios del siglo XX, hay que entender que ello se hace referencia al mercado mundial. Es en este marco donde hay que situar el papel de las regulaciones internas de los Estados, extendidas desde la suave programación indicativa de los gobiernos demoliberales, hasta los rígidos planes que puso en obra el "socialismo real". En ninguno de estos supuestos el dominio del mercado y su anarquía han resultado abolidos. A través de tales intervenciones, cada Estado nacional ha intentado paliar los desequilibrios en su interior, para ganar eficacia en el plano de la concurrencia exterior, o resistir sus presiones. El resultado de esos esfuerzos ha sido, normalmente, desplazar la anarquía del plano nacional al internacional.

No está de más señalar que aunque todas estas previsiones se hubiesen verificado, ello no hubiera supuesto un motivo de orgullo para el sistema. Habría significado aceptar que los mecanismos mercantiles de adaptación automática, presentados como la suprema creación del capitalismo, no funcionan en modo alguno. Ya no se les podría atribuir la realización espontánea de la racionalidad económica, mediante la competencia entre innumerables unidades de negocio cada una de las cuales toma decisiones de acuerdo con sus intereses a partir de los "atributos de las cosas".

 

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3. EL BENEFICIO, ACICATE DEL SISTEMA Y FUENTE DE SUS CRISIS

“Toda forma de vida humana que eleve su productividad global más allá de la satisfacción básica de las necesidades que engendra, tiene la posibilidad de crear un "excedente". En el sistema actual, el excedente, que refleja el fuerte ascenso de la productividad global propiciado por el impulso tecnológico, asume la forma concreta del "beneficio", atribuido al propietario privado. La búsqueda del beneficio constituye el alfa y omega de la dinámica capitalista.

Ahora bien, hay que destacar que la propia producción de beneficio señala los límites del sistema, dando vida a las contradicciones que estallan en las crisis. La creación de riqueza tiene lugar a través de la concurrencia entre diversos polos de producción privada, enfrascados en la maximización de sus propias ganancias. La competencia acarrea innovación tecnológica, que reemplaza esfuerzo humano y, con ello, introduce la tendencia a una sobreacumulación de "capital constante" en relación con la masa de valor añadido que la burguesía es capaz de extirpar a los trabajadores. A la vez, la estratificación económica en clases reproducida por el sistema, llega a dificultar una distribución apropiada de las capacidades masivas necesarias para acceder a la riqueza que se ha producido. Por estas razones, entre otras, las crisis capitalistas periódicas se manifiestan entonces como crisis de sobreproducción. Y no es un exceso de producción en relación con las necesidades de la población, puesto que suele coexistir con grandes espacios de pobreza, e incluso miseria. Es sobreproducción en relación con la posibilidad de los capitalistas de obtener las tasas de beneficio suficientes para seguir valorizando el capital acumulado.

Ya en los años 20, Grosmann señaló que el proceso capitalista se despliega a través de ciclos que engloban una fase de calentamiento, el embalamiento de la misma hasta la explosión de la crisis de sobreproducción y un momento de "purga" que asienta las premisas del relanzamiento de otro ciclo expansivo. Esa fase destructiva comenzó operándose en los siglos XVIII y XIX por los medios mercantiles "normales" y "pacíficos" de las quiebras. Pero con la construcción del mercado mundial se alcanza un punto en que la guerra constituye el expediente más eficiente para la destrucción de la masa de capital que está de más, tanto "constante" -cosas- como "variable" -personas-.

La Primera Guerra Mundial no fue inmediatamente seguida de un impulso expansivo. La reconstrucción topó con grandes dificultades, sobre todo en Europa, de modo que la crisis capitalista que había desembocado en la primera gran conflagración, se prolongó hasta la segunda. Se impuso entonces la revisión que se conoce con el nombre de "revolución keynesiana": un intento de relanzar las tasas de beneficios mediante intervenciones estatales que habían sido condenadas como heréticas por la economía liberal.

Tras la reconstrucción que siguió a la última gran guerra, las recetas keynesianas y su concreción europea en las fórmulas del Estado del Bienestar, se emplearon a fondo en la tentativa de evitar, o cuando menos amortiguar, el retorno de la crisis de sobreproducción. Estos expedientes consiguieron aplazar el estallido de las contradicciones orgánicas del sistema, pero al precio de crear otras nuevas. El resultado de esta experiencia a mediados los años 70 era un déficit público pavoroso y el paso de una inflación reptante a una inflación galopante, sin que por ello se frenasen las tendencias al estancamiento y la reaparición del paro masivo.

El primer medio de relanzamiento de la tasa media de beneficio ha sido el impulso de la revolución tecnológica que se extiende hasta nuestros días. Pero ello no se ha desarrollado sin contradicciones.

La introducción de la microelectrónica en los procesos económicos, a diferencia de cuanto ha ocurrido en el pasado, ha supuesto una amplia destrucción de puestos de trabajo en las zonas industrializadas de Occidente. Por primera vez en la historia del capitalismo moderno, a un nuevo estadio tecnológico no le ha correspondido una extensión de la base económica que permitiese, junto al crecimiento de la productividad del trabajo, un crecimiento cuantitativo de las fuerzas laboriosas. Las modernizaciones basadas en la microelectrónica han puesto en obra tecnologías esencialmente sustitutivas de mano de obra, impidiendo con ello el aumento de valor agregado mediante un crecimiento de los trabajadores ocupados en el Primer Mundo.

Todo esto exigía el despliegue de mecanismos de compensación. El primero de ellos forma parte de los recursos clásicos del capital: un incremento de la extorsión de valor del trabajo, tanto absoluta (alargamiento de la jornada), como relativa (mayor grado de explotación científica), al que se han sumado ataques al "salario indirecto": apuntan al desmantelamiento de las instituciones de protección y aseguramiento social -la liquidación de pensiones que se creían un derecho adquirido para siempre.

Otro recurso fundamental es el impulso de la devaluación permanente del trabajo a través de diversas vías. La revolución de los medios de telecomunicación y la simplificación del trabajo, consecuencia del avance de la automación, han posibilitado la transferencia de importantes segmentos productivos hacia áreas con un coste del trabajo extremadamente bajo y la utilización de mano de obra cada vez menos cualificada y menos costosa, incluso en los procesos productivos más complejos. A esto hay que añadir el impulso de gigantescas oleadas de inmigración hacia las zonas industrializadas. Resultado de todos estos expedientes, es una desvalorización del trabajo y generalización de una estructura salarial flexible que permite a las empresas modular las remuneraciones según las más leves oscilaciones de la coyuntura. A la vez, avanza sin tregua, cualquiera que sea el signo político de los gobiernos, la privatización y mercantilización de los servicios.

El incremento del "capital constante" ha disparado una frenética "fiebre de fusiones". Hasta el momento, el proceso de más intensa concentración técnica y centralización financiera capitalista tuvo lugar entre finales del XIX y comienzos del XX. Supuso el advenimiento de la era de los monopolios, que conformaba definitivamente al capitalismo como sistema imperialista, mediante un reparto o "cartelización" del mercado por los grandes trusts. El inicio del siglo XXI parece estar alumbrando una nueva furia monopolizadora, equivalente o superior a la anterior. Un torbellino de fusiones, adquisiciones, "opas", etcétera, sorprende por su gigantesca magnitud y se acompaña de "nuevos paradigmas". Parece que hemos entrado en una nueva "edad dorada", en la que ya no rigen las viejas reglas: por ejemplo, la de que todo lo que sube puede bajar.

Pero las contradicciones siguen su curso. Así, la presente reestructuración capitalista ha tenido consecuencias más amplias que las directamente concernientes a la esfera de la producción. La reducción de la mano de obra ha determinado una caída de la demanda global en muchos sectores y ha planteado problemas de mercado enormes a todos los grandes productores. Por ello, conforme muchos mercados nacionales se estrechan, cobra importancia creciente el mercado internacional, desencadenándose una lucha sin cuartel por acapararlo. El incremento incesante de la competitividad es el imperativo que orienta las opciones estratégicas de todos los grandes países industrializados. Pero ello significa mayor innovación tecnológica, con lo que la contradicción que alimenta la caída de la tasa de beneficio tiende a replantearse a escala más vasta y los impulsos hacia la internacionalización se hacen cada vez más potentes. Pero aun así, grandes masas de capital no encuentran la suficiente remuneración en los procesos productivos normales y se lanzan por la vía de la especulación financiera.

Desde finales de los 70, ha sido incesante la dilatación del mercado financiero: una esfera parasitaria, que no crea el más mínimo valor, sino que constituye una dinámica de expropiación de unos capitales por otros y que puede utilizar para sus fines todos los privilegios de la informática y la tecnología punta. La movilidad del capital alcanza con ello la velocidad de la luz, destruyendo el espacio gracias a la reducción del tiempo. De esta destrucción del espacio nace un "ciberespacio" de abstracciones, una realidad virtual reemplazando la realidad de los seres humanos vivientes.

La monstruosa burbuja financiera inflada a lo largo de las últimas décadas es producida por la crisis de sobreacumulación del capitalismo que busca como salida volar al éter del espacio bursátil planetario. Este huida hacia adelante -mejor, hacia arriba- crea las condiciones del aprendiz de brujo”

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4. LAS FALACIAS DE LA "GLOBALIZACIÓN"

Economistas, intelectuales y políticos de los más diversos pelajes parlotean sin cesar de la "globalización", presentándola como un Edén producido por la definitiva afirmación de la libre concurrencia mundial. La globalización es definida como un mercado químicamente puro a escala planetaria, en el que la libre concurrencia no tendrá límites y será por fin "perfecta", como defendían los manuales clásicos, con lo que el equilibrio económico será determinado "naturalmente" por el libre juego de la oferta y la demanda. Esa economía mundial integrada y liberada de las nefastas interferencias de los Estados nacionales, excluirá pacíficamente a las empresas menos competitivas y significará con ello el triunfo de la racionalidad y la eficiencia, productoras del bienestar y, finalmente, de la democracia.

Estas elucubraciones son la apoteosis del pensamiento liberal victorioso, dispuesto a completar la abolición de todo obstáculo ante el movimiento de los capitales, de toda protección social y de toda regla que pretenda limitar la explotación del trabajo. Son teorías que empezaron a desarrollarse tras el agotamiento de la "edad dorada" de reconstrucción de la posguerra y la emergencia de la crisis, primero a mediados de los 70, con la quiebra de los acuerdos monetarios de Bretton Woods (1944) y después con dos sucesivas explosiones de precios del petróleo.

Sin embargo, estas teorías no aportan nada nuevo. Ya a comienzos del pasado  siglo, en el mismo momento en que se aceleraba la primera "fiebre de fusiones", se abrió paso en la socialdemocracia la concepción de un idílico desenvolvimiento económico y social. Igual que ahora, múltiples teorías sobre la "mundialización" y la "globalización" inundaron el "mercado" para sostener que la conformación de los monopolios y el paso al "superimperialismo" jalonarían una "vía indolora hacia el socialismo". Hoy el socialismo ha sido sustituido por la "aldea global".

Todas estas teorías eran reduccionistas y unilaterales. Surgían para camuflar que la tendencia a la monopolización y, a partir de la misma, a la internacionalización del capital no cerraba el paso a la tendencia a la nacionalización del capital, al cierre de fronteras y, finalmente, a la guerra. Sino que se producía a través de ella y a ella se sometía. La socialdemocracia, como sus herederos los social-liberales de nuestros días, negaba que el capitalismo sea una "unidad de contradicciones", no quería reconocer que el proceso de movimiento de la sociedad capitalista es un proceso de reproducción ampliada de esas contradicciones.

La "socialización técnica" de la producción ejecutada por el capital financiero y celebrada por Kautsky y el proceso de fusiones monopolísticas jaleado por Hilferding en su teoría del "ultraimperialismo", no condujeron a una "transición pacífica al socialismo", sino a la primera y segunda guerras mundiales. Los "cárteles" se deshicieron y los diferentes Estados imperialistas se despedazaron en aras de su afán por dominar mercados. La visión de la mundialización del capital que lo presentaba como una realidad unitaria, se redujo a una quimera con la mera finalidad de embaucar y desarmar a los pueblos frente a las contradicciones insalvables del régimen capitalista y la barbarie que este régimen acumula.

Ni el capital es una "cosa" totalmente unificada, ni algo que se mueva en el mercado entendido como un espacio mundial abstracto. Se mueve en un sistema concreto de economías nacionales, en un marco de entidades territoriales y políticas, que suponen formaciones sociales distintas, unidas por el intercambio mundial de mercancías y enfrentadas por la concurrencia que a la vez supone. Hay un proceso de "socialización mundial" de las fuerzas productivas, de "internacionalización del capital", pero es bajo el dominio del imperialismo USA y de sus competidores alemanes y japoneses, sin olvidar los avances que están experimentando los gigantes asiáticos continentales. No compartimos las visiones simplistas acerca de un "capital mundial" y una "burguesía cosmopolita" que sobrevolarían a los Estados nacionales.

La concurrencia lleva al monopolio y, teóricamente, la monopolización debiera llevar a la mundialización del capital; esto forma parte de su reproducción ampliada lógica. Sin embargo, salvo para una visión economicista, el capital no puede prescindir de su marca de origen, o más rigurosamente, jamás podrá perder su condición nacional sin privarse de los atributos que le han permitido consagrar su dominación, esto es, el Estado y los medios puestos a su disposición. La tendencia a la internacionalización crea y se somete a la nacionalización (imperialista). Del mismo modo, la tendencia hacia las fusiones (concentración), presupone también la tendencia contraria. Los mismos Estados que alientan la concentración de sus oligopolios para salvarlos de la crisis, pueden actuar de forma diferente forzando incluso la no realización de ciertas fusiones, o imponiendo fragmentaciones.

Y, en fin, las falacias sobre la "globalización" y la "mundialización" pretenden extender la mentira de un imperialismo que no sería ya prepotente -o sólo lo sería un poquito- contra el mundo semicolonial o los "ex socialistas", y camuflar la nueva dinámica de conflictos inter-imperialistas que germinan”.

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5. EL PLAN DE TRABAJO

  • “El nuevo dominio histórico implicará la sustitución del paisaje individualista que ha moldeado el liberalismo, por el despliegue del Plan Nacional del Trabajo. Es ésta una tarea política de una República socialista, a través de cuyo cumplimiento la Nación española retome firmemente las riendas de sus destinos. Y no se trata de que lo que hoy se llaman "necesidades humanas" (en buena parte, las de un individuo economicista), sean por fin satisfechas. El Plan del Trabajo englobará el campo de la producción para el consumo, pero irá más allá del mismo, subordinándolo a una política globalmente penetrada por valores meta-económicos como la fuerza creadora o defensiva de la Nación y la justicia.

    En lugar de la actual "sociedad de mercado", la comunidad nacional del Trabajo pondrá en pie una planificación tan ambiciosa como flexible, capaz incluso de servirse de los diversos elementos mercantiles que seguirán presentes en la nueva forma de vida. Tales elementos serán conceptuados, en primer lugar, como un segmento especial dentro de la estructura económica general. En segundo lugar, como un mecanismo imperfecto y, por tanto, necesitado de regulación, de una determinación política de sus condiciones ejercida mediante el control de precios, el sistema fiscal, la política monetaria, etc. En tercer lugar, como un espacio al que no es posible confiar instrumentos económicos fundamentales de la comunidad y que, finalmente, ignora las metas extra-económicas de la misma.

    La investigación, la reposición del medio ambiente, los servicios sociales esenciales, la defensa, etc., son ejemplos de planos extra-económicos que se sustraerían completamente al mercado. Este ámbito incluirá el dinero, por estimarlo una forma política, frente a su consideración actual como mercancía, como un bien particular en manos de particulares (los Bancos), como una forma económica privada y no como un regulador central. En el campo propiamente económico se situarán fuera de la órbita mercantil la energía, los grandes transportes y el sector de los grandes medios de producción.

    Ya se escucha ya el aullido de la indignación liberal: "¡Quieren el hormiguero! ¡Quieren la planificación, que asfixia la iniciativa y aplasta la creatividad de la sociedad civil!". Cabe, simplemente, recordar que esa sociedad ni siquiera existiría, si el capitalismo no hubiese instaurado, en el ámbito de la empresa, las más exhaustivas e "imperativas" formas de planificación. El liberal, como el dios Jano, es un ser bifronte: en relación con el Estado, es un anarquista furibundo; en relación con el personal de las empresas que regenta, es un monarca absoluto. La necesidad de un grado u otro de planificación se ha hecho sentir desde el momento en que las formas de vida humanas han alcanzado un intenso grado de complejidad, intensificado ante todo por la técnica”.

     

     

    “Deberán ser conceptuados ejes primordiales del Plan de Trabajo:

     

    ·         Un tenaz esfuerzo de rearme industrial, modernización de la agricultura, cabaña y flota pesquera, impulso de la reforestación, etc. Esta estrategia deberá poner fin a la línea de desnacionalización económica, inseparable de la desnacionalización política, impuesta en las últimas décadas. Es la línea que inició el PSOE al admitir la autonomía del Banco de España establecida en Mastrique y al comenzar el curso de privatizaciones, y que el PP ha proseguido, dispuesto a llevarla hasta las últimas consecuencias: se dirige a eliminar todo papel directivo del Estado nacional sobre la vida económica, como salvaguarda de la soberanía nacional y como mecanismo promotor de la solidaridad interna, y a privarle de los soportes de propiedad y gestión pública que requiere para no ser doblegado por los poderes del dinero.

    ·         La promoción del máximo fomento tecnológico, tanto en el campo de la investigación como en el de las aplicaciones, coordinándolas y extendiéndolas de modo armónico. En el campo de las aplicaciones otorgará primacía a las redes de comunicación altamente integradas, a los procedimientos biotecnológicos y a los sistemas de cálculo e inteligencia artificial (exigidos en primer lugar por el sistema de planificación). En el plano de la investigación, atenderá con la máxima rapidez a la sustitución de materias primas y fuentes de energía y a la protección del medio ambiente.

    ·         Un esfuerzo intenso y sostenido de inversión con destino a la educación. En las reformas educativas realizada bajo el juancarlismo apenas hay aspectos positivos que deban destacarse, si se exceptúa la extensión de la enseñanza obligatoria. Los contenidos de esas reformas ya han sido reiteradamente denunciados por el  PNR. Y a sus resultados catastróficos en el plano del conocimiento, hay que añadir la extensión de las actitudes indisciplinadas, la erosión de la voluntad y un acusado crepúsculo del sentido del deber y la responsabilidad.

    ·         La protección del medio ambiente, con punto de partida en el principio de que ni el suelo, ni el agua, ni el medio natural son bienes "libres", que puedan ser destruidos, dilapidados o acaparados por región alguna. La plasmación de tal principio, además de cuestionar radicalmente las estructuras de la gran propiedad, conllevará una notable modificación de las bases de las materias primas y fuentes de energía utilizables. En relación con estas últimas, no descartamos la utilización de energía nuclear. Pero destacamos que su empleo en condiciones óptimas de seguridad exige un avance técnico y un abandono de las actuales soluciones cómodas de rentabilidad inmediata del capital, que sólo podría asegurar una nueva República Socialista.

     

    A los anteriores ejes cabe añadir:

     

    ·         Fin de todas las políticas de "laissez faire" liberal en materia de inmigración: contra el fomento de la inmigración masiva y desreglada y la claudicación ante el "sin papelismo". Política de cupos o contingentes con preferencia de inmigrantes procedentes de Sudamérica, antigua Guinea española y Europa.

    ·         Fiscalidad progresiva, basada en un mayor peso de los impuestos directos, frente a la actual línea de bajar los impuestos sobre la renta a los que tienen más y aliviar el descenso de las arcas del Estado mediante el aumento de tributación sobre el consumo. Fin de los privilegios fiscales de tipo territorial.

    Mantenimiento y mejora del sistema público de protección social y pensiones, con plena conciencia de que depende de un relanzamiento del crecimiento demográfico, de nuevos impulsos del crecimiento económico y de un formidable salto cualitativo en el crecimiento del empleo”.

     

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6. IR MÁS ALLÁ DEL "PROGRESO"

“En espacios segregados de la esfera del mercado como los enunciados anteriormente, la nueva República española debe iniciar un proceso de destierro de la concurrencia entre múltiples unidades empresariales independientes.

La comunidad nacional del Trabajador tendrá que comenzar a construirse con ladrillos tomados del edificio del Burgués, ordenándolos en dirección a la configuración de una forma de vida diferente. Una alternativa auténticamente superadora del capitalismo deberá tomar en cuenta los puntos más fuertes de éste. Tales puntos no se sitúan en el mercado hiperpluralista mitificado por algunos. Se sitúan en las tendencias a la concentración técnica y centralización financiera, a la disociación de la gestión respecto de la titularidad de la propiedad y a la programación, con las que el capitalismo intenta defenderse de su propio curso desequilibrado. Son los trusts y grandes consorcios quienes, con las limitaciones propias de la presente forma de vida, han extendido los milagros tecnológicos, impulsando dinámicas de fabricación en constante revolución de procedimientos y métodos, haciendo gala de un prodigioso genio organizativo y "planificador".

El Estado del Trabajo hará descarrilar estas tendencias: las conducirá a la ruptura con los valores y estructuras que hoy se apoyan en ellas contradictoriamente, para acelerarlas y dar comienzo a otro curso, de organización funcional de la comunidad nacional.

Por fortuna, parecen haber amainado las elucubraciones acerca de nuevas formas de "socialización de la empresa", de la "empresa sindicalista” o “autogestionada". Una alternativa al dominio del Burgués debe plasmar un enfoque de sustitución de la empresa aislada, verdadero sagrario de la sociedad actual, por instituciones que realicen la integración de cada rama o sector de actividad como un conjunto. Estos complejos institucionales contemplarán en su seno, obviamente, las necesarias divisiones de procesos de trabajo, así como un escalonamiento territorial de sus actividades. Pero esos factores jugarán como partes de un todo, con instancias unitarias de dirección, que establecerán la localización de sus asentamientos, su dotación, dimensión, etcétera, en función de los requerimientos de la planificación general, las características de los territorios y poblaciones, la facilidad de suministros, la red de transportes, etc. Ello abonaría el terreno para el surgimiento de legiones de dirigentes herederos del ímpetu creativo y emprendedor de los "capitanes de industria" de los siglos XVIII-XIX”.

 

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7. ORIENTACIÓN EXTERIOR

“El PNR rechaza el proyecto de la actual Unión Europea. Lo hace, en primer lugar,  desde una posición de defensa de la soberanía nacional de España. Esta soberanía no se está sacrificando para que nazca una auténtica realidad supranacional, sino en aras de los intereses de otras naciones de Europa, las que albergan los oligopolios y concentraciones financieras más potentes.

En segundo lugar, el PNR rechaza a la UE en nombre de la soberanía popular española, de la democracia. Paso a paso, la UE ha significado la subordinación de los pueblos europeos a las decisiones de instancias alejadas de cualquier posibilidad de control democrático. En concreto, implica el sometimiento de las economías nacionales mediante la cadena de los Bancos centrales subordinados al Banco Central Europeo. El BCE simboliza el sacrificio tecnocrático de la democracia a favor de una eficiencia pretendidamente aséptica.

En tercer lugar, el PNR se opone a la UE pues en su marco peligra la pervivencia de España como realidad nacional unitaria. Eurolandia se abre camino a través de un colosal proceso de desintegración nacional. Durante años, ha correspondido a Alemania la principal responsabilidad en ese proceso. Reconoció de inmediato la independencia de Croacia para extender la influencia de sus "laender", instigando la mortífera guerra de Bosnia y el estallido de Yugoslavia. Apoyó la independencia de Chequia y la separación de Eslovaquia y animó posteriormente las intentonas de montaje de Padania en el Norte de Italia. Ha  sido el país pionero en reconocer y alentar a los virulentos movimientos nacionalistas étnicos con los que Europa viaja hacia la barbarie. Mientras tanto, él se unificaba en una única y gran Alemania”.

En cuarto lugar, el PNR se opone a que España tenga como único destino el secundar la formación de un nuevo bloque imperialista. Ya hemos experimentado lo que significa el avance en esa dirección: imposición de disciplinas monetarias promotoras del paro en masa; reformas laborales impulsoras de la precariedad; desvalorización continua del trabajo nacional mediante el fomento a la inmigración ilegal masiva; sustitución de la acción del Estado por la de los "agentes sociales", de la ley por el contrato y de los contratos colectivos por contratos individuales; demolición paulatina de los servicios vitales y de los sistemas de protección social; exclusión de sectores sociales enteros y promoción de crecientes desequilibrios y fracturas territoriales, etc.”.

 

 

“El régimen vigente en España se aviene a que ésta se reduzca a una sociedad de servicios esencialmente dominados por el capital extranjero, todo lo más salvaguardando la existencia de varias multinacionales españolas capaces de competir en el mercado mundial y de un par de bancos situados entre los siete grandes de Europa.

El PNR combate para que España juegue en el siglo XXI otro papel: el de nación trampolín de un bloque democrático y socialista euro-mediterráneo, articulado como confederación de repúblicas comprometidas con un nuevo sentido del trabajo, de la técnica y de las relaciones con el Tercer Mundo.

Ese bloque no podría limitarse a ir desactivando la lógica mercantil en su interior, sino que también debería dejar de subordinarse a la misma en el exterior, como condición de su autonomía política y de la protección de su potencia industrial. Su orientación sería la de un espacio con vocación autosuficiente. No tendería a concurrir con las potencias capitalistas en términos de producción de beneficio, aunque sí competiría con ellas como civilización global, lo que implicaría perseguir, entre otras cosas, la superioridad tecnológica y la necesaria capacidad disuasoria militar.

El "libre cambio", junto con el humanitarismo, ha sido la doctrina de Inglaterra y luego de USA para someter a las demás naciones y desarticular sus estructuras económicas. En cambio, la autarquía debió ser practicada por algunos países del continente europeo en su etapa inicial, como premisa básica de su industrialización.

Hoy son muchos los autores que preconizan el fin del sometimiento del Tercer Mundo al neocolonialismo de la política de libre cambio, mediante la construcción de regiones de desarrollo autocentrado, de "autarquía de expansión", organizadas en espacios políticamente homogéneos. La confederación euro-socialista que proponemos también debería adaptarse a esa perspectiva que, por otra parte, es cada vez más compatible con las modernas técnicas energéticas.

Es claro que el aislamiento de un país en la marcha hacia esa Nueva Europa le impondría intercambios con el exterior, fundamentalmente en el campo de la importación de mercancías. Tales actividades deberían ser controladas por los órganos de gobierno de la comunidad nacional. De todos modos, hay que ser muy conscientes de que una prolongada situación de aislamiento daría al traste con las transformaciones parciales efectuadas. En este supuesto, lo mejor seria el reconocimiento claro y terminante de la derrota”.

 

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8. ACERCA DE LA DISTRIBUCIÓN

La alternativa al mundo de la Mercancía sería insuficiente si sólo afectase al extremo de la producción, sin extenderse a la distribución.

No está en el ánimo de este texto proponer un igualitarismo nivelador, que supondría una reacción de impotencia frente a las jerarquías burguesas, situada en su mismo terreno. El principio de distribución correcto debe ser: "de cada cual según su capacidad, a cada cual según su esfuerzo". Sin embargo, es conveniente que desde un principio se dispongan medidas estructurales y educativas que vayan debilitando el papel del incentivo económico como único aguijón de la actividad.

Hay que esperar de nuevo el griterío de la protesta liberal. Se objetará que con la reducción del estímulo económico se desalentaría el espíritu creativo del hombre. Pero ni siquiera el actual tipo humano se mueve siempre tras la zanahoria. Un fenómeno constatable en la actualidad es la dificultad con que topan ciertas empresas para conseguir, a cambio de superiores emolumentos, una mayor implicación de personas que han alcanzado determinados niveles directivos. Deben instrumentarse entonces formas de "motivación" diferentes del aspecto puramente retributivo: participación en cursos de formación, no siempre aplicables directamente a las tareas cotidianas; atribución de ciertos poderes de modificación de las condiciones de trabajo; participación en proyectos interesantes. A esas formas u otras similares, cabría añadir las de significado honorífico, las relativas a la atribución de facultades y responsabilidades más elevadas, y no forzosamente mejor retribuidas, dentro de la vida comunitaria, etc.

En la República del Trabajo seguirán manifestándose motivaciones puramente económicas, así como las orientaciones hacia el poder por el poder, típicas de las personalidades mediocres. Pero se tratará de que las motivaciones superiores, las orientaciones hacia el logro, la obra bien hecha, vayan ganando terreno continuamente. En suma, ha de plantearse un continuo esfuerzo para remover las raíces de la concepción que, en todas partes, ha fomentado la comercialización del hombre y el ideal de su "realización" mediante el máximo consumo u ostentación de riqueza. Y con todo esto se sentarán las premisas de una nueva diferenciación, basada en las capacidades personales directas para el servicio a la Nación”.

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9. MODIFICACIONES DEL RÉGIMEN DE PROPIEDAD

“Una fuerza anticapitalista triunfante por vías democráticas, aunque deba ese triunfo a un conjunto limitado de propuestas urgentes, se hallará muy pronto ante desafíos tales del sistema que, o bien deberá renunciar a sus objetivos, o bien deberá pasar resueltamente a un ataque a fondo contra las alturas dominantes de la economía. Vista la cuestión desde otro ángulo: el Plan de Trabajo propuesto por esa fuerza, aunque decidiese hacer uso de la mayor prudencia, toparía con el hecho de que es cada vez menor el número de las medidas que pueden adoptarse aisladamente. Y en múltiples actividades, cualquier punto de vista de rentabilidad económica, incluso provisional, tendría que ser desechado. Otros campos plantearían exigencias apremiantes (vivienda, sanidad, energía y transportes, etc. y sumamente entretejidas entre sí.

Todo ello impondrá la necesidad de una regulación unitaria que no podrá limitares, en todos los casos, a una simple restricción de la libertad de los actuales agentes económicos privados. En concreto, se hará necesaria la transferencia inmediata a manos de la comunidad nacional de todos aquellos instrumentos que, por su trascendencia o la dimensión de sus estructuras, involucran el destino de millones de hombres o comprometen los derroteros del conjunto de la comunidad. Ello afectará al sector financiero, sector de la energía, industria electrónica y química, siderurgia, grandes medios de transporte y comunicación de masas, sanidad e industria farmacéutica, enseñanza, etc.

Esta propuesta impone varias precisiones. El cambio de estructuras de propiedad que supone, siendo condición necesaria del proyecto transformador, es por sí solo insuficiente. Desconectado de otros aspectos -principalmente, la orientación exterior, las formas retributivas y las de ordenación del Plan-, podría incluso convertirse en punto de partida de una reestructuración del capitalismo. Tales transformaciones carecen de significación profunda, si no se entienden como algunas de las múltiples medidas del esfuerzo orientado a hacer cesar el dominio del proceso de acumulación de capital considerado como un todo.

En cualquier caso, el punto de vista nacional-republicano afirma la superioridad de la propiedad y el trabajo comunitarios sobre todas las formas de apropiación anteriores [2]. Pero esta orientación no podrá generalizarse súbitamente. En momento alguno se alentarán medidas de despojo en los espacios que hoy ocupan las pequeñas empresas con asalariados. No se oculta que gran parte de estos sectores preservan formas de actividad y de mentalidad incapaces de afrontar el futuro. Y ello, sea cual fuere la orientación dominante. A largo plazo, y al igual que otras capas abocadas a un completo declive por la evolución tecnológica, deberán tomar una opción. La salida de los gobiernos actuales significa la descomposición de parte de esos sectores y el sometimiento del resto a la extorsión de los bancos, oligopolios y grandes redes de comercialización.

La orientación nacional-republicana, en cambio, será sensible a la necesidad vital de esos sectores, mientras sigan existiendo, de conseguir crédito barato, sentir un alivio de la presión fiscal, cada vez más agobiante, obtener precios accesibles de máquinas, equipos y suficientes infraestructuras y servicios en el caso del campo, etc. Estas capas, al igual que ocurre con los diversos grupos de asalariados, están hoy interesados en una drástica reducción del interés bancario, en el camino de un sistema comunitario que rompa el espinazo a la usura institucionalizada. Bajo la República del Trabajo, es claro que medidas contra la finanza y las grandes concentraciones industriales y de servicios como las antes enunciadas, incluso podrían mejorar las condiciones de existencia de dichos sectores. En este contexto, podrían ir decidiendo por sí mismos acerca de su incorporación a la movilización comunitaria del trabajo, en qué plazos y en qué formas, a la vista de las realizaciones del nuevo sistema de vida.

Esta alternativa comportaría, por otra parte, el pleno reconocimiento a artesanos, profesionales, artistas, explotaciones estrictamente familiares, etc. del derecho a desarrollar sus actividades y a la promoción de las mismas”.

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10. LA PLANIFICACIÓN COMO MOVILIZACIÓN INTEGRAL

“El fracaso de la planificación del socialismo real ha puesto también de relieve que la complejidad y trascendencia del Plan son incompatibles con dictados burocráticos. El comunismo marxista se ha atenido a la misma idea que la socialdemocracia clásica: la construcción de una nueva forma de vida es la tarea de un centro gubernamental que solicita información. Llevando hasta el fin un planteamiento mecanicista y economicista, el marxismo ha pretendido cambiar las mentalidades como producto del cambio de las estructuras económicas, a su vez realizado mediante decretos. Pero el Plan no puede ser una "ukase", una orden emanada de un centro y ramificada por funcionarios y tecnócratas. Ha de ser acción colectiva, trabada e interdependiente.

La planificación comunitaria únicamente es factible en un régimen político plenamente democrático. Y exigirá una participación, compromiso, y responsabilidad que alcancen el nivel de una movilización integral. Serán componentes de la misma tanto amplios niveles de autonomía, como la penalización de las ineficacias. Junto a la movilización, el Plan debe tener como atributos indispensables la flexibilidad y diversificación. La planificación será trazada por el órgano de gobierno general en cuanto a las grandes opciones y magnitudes. Los niveles políticos provinciales y finalmente locales deberían encargarse de escalonar su concreción y aplicación efectiva”.

 

 

“En gran parte de las actividades englobadas en el campo de la propiedad comunitaria, sea abrirán vías de gestión funcionalmente descentralizada, mediante entes institucionales reguladores de cada sector de actividad, concebidos como unidades de compromiso, a las que las instancias de gobierno dotarán de los medios necesarios para el cumplimiento de las misiones asumidas. Gozarán de amplios márgenes de autonomía en la gestión y de instancias rectoras en las que participaran todas las categorías del personal, así como la voz de los usuarios, y que contarán con directores vinculados a la obtención de resultados. Bajo la tutela e inspección de los correspondientes órganos de gobierno, no sólo organizaran verticalmente como un conjunto cada rama de actividad, sino que la articularán con otras ramas, a través de relaciones de cooperación, en el cuadro de la planificación global.  Estas instituciones contaran con medios idóneos de investigación y unidades de cálculo a diferentes niveles. Darían curso a una amplia posibilidad de iniciativas, apoyadas en facultades de renovación de sus consejos rectores y de sus directivos regularmente ejercitadas, de propuesta y promoción de iniciativas y rivalidad de proyectos.

En el sector privado de pequeños establecimientos con asalariados, el impulso de la participación de los trabajadores en la gestión, exigirá la reforma de la actual legislación sobre los órganos de gobierno de las sociedades”.

 

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11. COMUNIDAD POLITICA VERSUS SOCIEDAD MERCANTIL

“La reorganización de la Nación española en torno al eje del Trabajo hará de ella una inmensa fragua, alentadora de un colosal esfuerzo de transmutación global de la realidad: un combate permanente que incorporará a todos los ciudadanos a un proyecto unitario. Éste, evidentemente, será muy complejo y dará pie a una multiplicidad de funciones. Pero toda la comunidad nacional asumirá, indistintamente, cada uno de los planes y empresas del Trabajo. De aquí que en la nueva comunidad sólo podría hablarse de una condición, la del Trabajador, una condición política, no exponente de una posición económico-social, sino de la pertenencia a un nuevo Estado nacional, la República socialista.

Desde el comienzo de su instalación, la República procederá a conducir la sociedad civil burguesa hacia el estallido [3]. Precipitará un proceso, sin duda prolongado y complejo, de disolución de todas las clases y grupos socio-económicos derivados de la posición de los hombres respecto de las relaciones industriales actuales. Estas relaciones introducen una discriminación intolerable. Conducen a la cristalización de unas minorías económicamente dominantes, que acaparan el saber, la técnica, la iniciativa creadora y el dominio del Estado, y unos grupos dominados, que no sólo representan la mayoría de la Nación, sino que además constituyen su espina dorsal, y a quienes se veta el pleno despliegue de sus facultades y energías y se condena a un papel subalterno.

En la nueva forma de vida, en vez de las divisiones económicas propias de la sociedad, existirán las diversas funciones del Trabajo, entendido como voluntad de transfiguración del hombre y del mundo que incluiría al investigador y al pedagogo, al trabajador industrial y al soldado, al empleado de los servicios, en la agricultura y al funcionario, al comunicador, al poeta, al deportista y al empeñado en la acción de gobierno, en las filas de un conjunto totalmente movilizado. En él tendrán también su puesto la proeza y la exploración de los confines del universo.

Bajo el régimen socialista del Trabajador se irá evaporando, como un perro en una autopista, la figura del Individuo, un portador de valores mercantiles que lleva su poder social, su relación con los demás, en el bolsillo. Pero este declive del Individuo no conduciría a una comunidad de seres idénticos, repetidos en serie. Haría posible una amplia diversificación de dedicaciones y actividades.

En la nueva forma de vida se irá extinguiendo el poder de los hombres a través de las cosas, la jerarquía social basada en el dinero y en la propiedad. Los hombres deben apoyar su proyección y ascendencia en lo que hagan, no en lo que tengan. La dignidad civil se asentará en la capacidad de servicio a la Nación. El Partido Nacional Republicano rechaza tanto la jungla liberal como el igualitarismo nivelador y preconiza una meritocracia: igualdad de oportunidades y a partir de la misma que cada uno llegue donde alcancen sus fuerzas, sin que eso implique la destrucción o menoscabo de la personalidad de los demás.

 

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12. NOTAS

[1] Durante milenios, las relaciones entre los hombres, consistentes en determinado tipo de relaciones directas de poder personal, fueron más apreciadas que las relaciones entre hombres y cosas. Uno de los rasgos primordiales de la forma de vida actual es la inversión completa de esa primacía. Marx, siguiendo a Saint-Simon, al enunciar las metas de lo que entendía por socialismo, definió en realidad la meta más radical, "utópica", del mundo del Burgués: "El poder de unos hombres sobre otros será reemplazado por la administración de las cosas". Los resultados de estas expectativas han sido, por el momento, más modestos. El mundo moderno no ha desterrado las relaciones de poder entre los hombres. Pero las ha hecho derivar de las relaciones de poder entre los hombres y las cosas. Ello expresa, de entrada, la emergencia de una nueva concepción de la riqueza. En anteriores formas de vida, la riqueza inmobiliaria (la tierra) se distinguía con gran nitidez de la riqueza mobiliaria. Los bienes raíces eran una cosa, los bienes muebles (el dinero) otra muy distinta. Los derechos sobre la tierra no eran emanación de una "infraestructura económica". Constituían más bien elementos de organización política: acompañaban al poder sobre los hombres, e incluso se derivaban directamente de ese poder. Y estos derechos sobre la tierra, la "riqueza" por excelencia, al implicar relaciones de poder directo entre los hombres, eran intrínsecamente superiores a la riqueza mobiliaria, despreciada como simple relación con las cosas; de ahí la situación marginal de los comerciantes y prestamistas en esas formas de vida.

 

[2] El mundo actual reproduce a un Tipo humano, el Burgués, cuyos valores informan a todas las categorías sociales. Se trata del Individuo, portador de una sustancia básicamente económica, que tiene a la propiedad como apoyatura fundamental. Las constituciones decimonónicas han abierto las puertas al triunfo generalizado del Individuo al situar el papel preeminente de la propiedad entre los "derechos naturales e imprescriptibles del Hombre". Por su parte, la Iglesia Católica, encíclica tras encíclica, ha venido a reforzar el doctrinarismo burgués al proclamar igualmente que la propiedad privada constituye un "derecho natural" y un "atributo esencial de la persona humana".

El mundo del Burgués aparece como un mundo de "individuos iguales": todos ellos son propietarios. El campesino, de su tierra; el capitalista, de sus acciones; el obrero y el técnico, de su capacidad de trabajo. Todos ellos participan "libremente" en un proceso de creación de riqueza que es presentado como intercambio de valores equivalentes. Contra esta visión falaz se levantaron las teorías socialistas de la plusvalía. Iniciadas con Blanqui, adquirieron un tono virulento en Proudhon ("la propiedad es un robo") y una formulación particularmente sistemática en Marx. Según éste, el sistema capitalista tenía como "secreto" la existencia de una mercancía "maravillosa", dotada de un doble valor: el trabajo. La ganancia del capitalista provenía del hecho de extraer un "valor de uso" de la fuerza del trabajo superior a su "valor de cambio", al precio de coste que esa fuerza le había supuesto en el mercado de los "factores de producción".

Se han podido realizar críticas parciales a esa teoría. Pero, en general, la ciencia económica oficial no se ha repuesto jamás del ataque que encierra. Una de las muestras de este descalabro ha sido el abandono de toda actitud objetiva y la escapatoria hacia teorías sicológicas del valor añadido. Entre las más notables se cuenta la que ha pretendido justificar el interés financiero y el beneficio industrial como una remuneración otorgada al capitalista por el "sacrificio" que para él supone la "abstinencia de consumo" en aras de una "libre decisión", la de invertir, que crea empleo y es socialmente benéfica. En realidad, según esta línea argumental subjetivista, tanto los costes de capital como la penalidad del trabajo pueden ser considerados como "abstinencias", quedando en pie de igualdad el beneficio y el salario. De acuerdo con otra teoría subjetiva, la de la "utilidad marginal", el intercambio sirve para satisfacer las necesidades de quienes participan en él, los cuales no pueden dejar de ganar, ya que cada cual valora más los bienes o servicios obtenidos que los que él aporta. El capitalista compra fuerza de trabajo porque para él importa más que la suma de salarios entregados, pero el trabajador vende su fuerza de trabajo porque para él representa menos que el salario que obtiene a cambio. De este modo, todos ganan en el cambio y la acusación de explotación desaparece del horizonte.

Ahora bien, la pervivencia del actual sistema no se debe simplemente al arraigo de las mencionadas elucubraciones mistificadoras. La exterioridad de los asalariados respecto de la titularidad de los grandes medios de producción no les ha impedido perfilar, en múltiples aspectos, comportamientos propios de un grupo particular de pequeños propietarios. Actualmente, el obrero especializado que dispone de una vivienda unifamiliar e invierte sus ahorros en bonos del Estado, o en acciones diseminadas por el "capitalismo popular" o incluso se aventura en las Bolsa, se rasga las vestiduras al unísono con la viuda del pequeño comerciante con sus valores de renta fija, e incluso con la reducidísima capa de grandes propietarios, cuando se implantan determinadas cargas fiscales. No han contribuido a la clarificación las condenas ahistóricas de la propiedad, presentada como "pecado original" dentro de la teodicea laicizada que, en gran medida, constituye el materialismo histórico. Tampoco han facilitado las cosas las experiencias de "socialización" maximalistas desarrolladas por el movimiento anarquista y comunista tradicional.

Es claro que el capitalismo no puede reducirse a la propiedad privada considerada en abstracto. La propiedad ya existía en formas de vida anteriores. Entrañaba regularmente una proyección personal sobre el objeto, ya se tratase del dominio agrario ("no hay tierra sin señor") o del artesanado. Y no siempre la propiedad se ha vinculado al poder fundamental dentro de la comunidad. Pero la propiedad privada ha originado el poder más colosal de la Historia -que se ha impuesto a todos los demás- cuando se ha proyectado sobre un hecho decisivo: el paso de la herramienta a la máquina, el surgimiento de los instrumentos industriales. El capitalismo tiene como primera condición la propiedad privada de máquinas, ayer mecanizadas, hoy informatizadas y automatizadas, con vistas a una producción de mercancías mediante mercancías, entre ellas el trabajo.

Por otra parte, con el desarrollo del capitalismo, la propiedad ha evolucionado hacia formas cada vez más "despersonalizadas". Rasgo fundamental de la dinámica moderna es el impulso de procesos de concentración técnica y centralización financiera. Estos procesos han promovido un desplazamiento de las formas de propiedad privada individual a favor de las formas de propiedad privada "social", colectiva. Tal evolución ha sido instrumentada por formas jurídicas que van desde las primitivas sociedades de responsabilidad limitada, hasta las actuales sociedades anónimas y holding, o a la misma propiedad de los entes públicos bajo el Estado actual. Y se vincula a la tendencia a disociar la titularidad jurídica de las funciones de gestión operativa directa. Los gerentes de las empresas públicas no son propietarios de los capitales que controlan. Pero incluso los directores de las industrias civiles de grandes dimensiones, en el caso de ostentar la condición de propietarios, lo son únicamente de una parte del capital. Hace ya mucho que las necesidades de financiación de los conjuntos socioeconómicos sobrepasan de lejos lo que una fortuna personal o familiar puede aportar. Estos conjuntos funcionan en muchos casos con el capital-dinero aportado por una masa de pequeños accionistas que no tiene el más mínimo poder de decisión sobre dichos negocios.

A la vez, el Estado se ha convertido en todas partes en propietario de grandes recursos financieros e industriales. Pero, en general, esos sectores "nacionalizados" no han perdido su carácter de capital, en competencia con otros capitales en el plano nacional y, en cualquier caso, internacional. La situación de Rusia, países del Este de Europa, China y otros regímenes cortados por el mismo patrón durante décadas no han sido más que una manifestación específica de tendencias generales del capitalismo. Este proceso de abstracción ha servido de pretexto a diversos defensores superficiales del sistema para sugerir que "la cuestión de la propiedad ha perdido importancia en nuestros días". Tal afirmación reposa en la reducción de la propiedad privada a una de sus formas, la propiedad privada individual. Ésta ha perdido, efectivamente, su anterior significación en la configuración de la hegemonía burguesa, aunque no en la reproducción de la mentalidad individualista y "pequeñoburguesa" general que cimienta aquella hegemonía.

 

[3] Caracteriza al mundo del Burgués la distinción entre poder económico y poder político. Ese mundo ha dado nacimiento a un modo de existencia caracterizado por la disociación estructural entre "sociedad" y Estado y por la subordinación del segundo a la primera. La "sociedad" es un agrupamiento de individuos y grupos de individuos inmersos en una actividad fundamentalmente "civil", económica y cultural. El Estado se alza como un utensilio jurídico-político al servicio de los individuos y sus agrupamientos "societarios", garante del sistema de derechos y libertades de los mismos. El mundo actual se pretende, ante todo, "sociedad civil": una constelación de actividades y relaciones que tienen su epicentro en el mercado. Este se hallaba ya presente en las formas de vida anteriores al mundo moderno. Pero, como ha expuesto Karl Polanyi ("La gran transformación"), obraba como segmento subordinado a instancias distintas de las simplemente económicas. Únicamente en el sistema actual, el mercado ha adquirido un papel primero central y luego omnipresente, imprimiendo el "tono" de todas las actividades. Hoy debe verse al mercado como un modo global de existencia y no como un mero mecanismo económico parcial.

El concepto liberal del "Estado de Derecho" sirve de palanca para hacer del Estado el instrumento de aquella "sociedad civil". Toda la teoría y la práctica del liberalismo se dirigen a la subordinación del Estado a las categorías individualistas contractuales que entretejen el mundo de la economía mercantil. El marxismo ha supuesto tan solo una exacerbación de algunos de estos planteamientos economicistas. Ha reprochado a la sociedad civil burguesa el engendrar conflictos provenientes de las relaciones de clase, que siguen permitiendo la pervivencia del Estado e imposibilitan una plena reabsorción de lo político en lo social. La revolución marxista tiene como meta la armonización de lo social y, con ella, la "transformación del Estado en simple administración de la producción" ("Manifiesto comunista").

 

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