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Juan Pérez
Nacionalista español
Mayo 2008
A
la luz de las actuales circunstancias políticas de la Nación española,
algunos comentarios efectuados hace algún tiempo en diversos blogs cobran
ahora una dimensión más inteligible y quedan consagrados como diagnósticos
acertados.
La
hipótesis inicial, propuesta hace unos años, presentaba el siguiente
esquema:
-Las actuales turbulencias políticas en España provienen de un choque
entre dos haces de intereses fundamentales. De un lado, el vector donde
confluyen castas autonómicas y gobierno central de la monarquía; de otro, el vector interesado del grueso social de la Nación.
-Todas
otras consideraciones políticas estarán incluidas en ésta, sin
constituir nada más que un acompañamiento “folklórico” y secundario
a la contradicción fundamental enunciada antes.
-Los partidos políticos oficiales entrarán en crisis toda vez que no
representan fielmente las verdaderas fuerzas en presencia, sino que son
reminiscencias de una situación “normal” que la realidad, incluso política,
ya ha superado con creces.
-La
lucha y las observaciones teóricas dejarán de tener una importancia
autonómica y tenderán a concentrarse en el papel del Estado, a la vez
que los partidos políticos oficiales se precipitan por un camino de de
autonomización, que corresponde a la verdadera representación de las
fuerzas existentes. De esta forma, el PSOE se aliará con cualquiera en
cada feudo nacionalista -que es decir regional-, y otro tanto el PP,
tendiendo a defender sus privilegios locales. La Nación no interesa a
ninguno de ellos.
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-Los
grandes partidos políticos nacionales no van a solucionar el estado de
la Nación; no quieren ni pueden. Al contrario, hacia el final de esta
primera fase de la revolución española, se verá que ambos partidos
son enemigos de la Nación y declararán abiertamente su impotencia y
traición política.
-Los
presupuestos ideológicos y sus conclusiones, manejados por los
comentaristas políticos, se basan en prejuicios inútiles o en análisis
en un laboratorio caduco. Poco a poco irán comprendiendo la naturaleza
del problema, porque la realidad se hará más y más clara, tanto a
través de los hechos como por los dichos de los responsables políticos.
Todo el acostumbrado catecismo basado en Derecha/Izquierda, Constitución/Elecciones,
Centralización/Descentralización, Votos/Leyes… es insuficiente o
falso, fracasando todo intento que los presuponga, sea de pensamiento u
organizativo.
Lo
que hemos vivido desde hace un lustro es el desarrollo de este proceso y
sus diferentes etapas de ajuste al esquema previsto. Así, la exigencia
de democracia ha subido desde la formación de un partido ciudadano en
Cataluña hasta anidar en las bases del PP; desde la exigencia de
derechos por las calles autonómicas, hasta el micrófono del mismísimo
Congreso de los Diputados; desde la clandestinidad hasta la televisión.
Han pasado unos años de lucha que suponen el indudable preludio de
mayores y más victoriosas batallas.
Estos
momentos de silencio -también llamados Nescafé- están insertos en la
curva oscilatoria de un péndulo que se mueve en cada instante hacia
arriba, hacia el cenit apoteósico del movimiento ciudadano. Se explican
entre dos sensaciones: la incredulidad y el asombro, pero es una
cadencia conocida y que al final siempre eleva el grado de furia social.
En una de estas se derramará el vaso que contiene la calma chicha. Por
otra parte, aún en los momentos más turbulentos de una marea político-social,
siempre hay una porción social que se lo pasa bien con las diversiones
a mano y no se entera de lo que tiene ante las narices.
Lo interesante ahora de acuerdo con la validación del análisis, es la
cimentación de la tesis y sus consecuencias inmediatas.
Es
inevitable que la solución en España provenga de una insubordinación
popular a este Estado. Cualquier fuerza oficial está en contra de la
sociedad (analogía con 1808). Esa rebelión será brusca o por partes,
pero su objetivo no puede ser otro que acabar con el régimen monárquico
porque ya no puede pararse en mitad del camino. Y esta convicción es la
que debe animar a los genuinos ciudadanos porque cualquier otra es
falsa.
La historia tiene sus paradojas y ahora encaja mucho mejor la pregunta
de la transición: ¿Reforma o Ruptura?, y además está respondida ya
por la propia realidad.
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