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Redacción.-
Alberto Alcocer es colega
de cacerías y francachelas de Su Majestad, su nuevo “hombre para
todo”, que reemplazó en esa privilegiada posición a Manuel
Prado y Colón de Carvajal, por tantos años testaferro de turbios
negocios reales. Es fácil imaginar la aflicción que ha embargado al
entorno real ante un fallo judicial que podía enviar al mejor amigo del
jefe del Estado a la trena.
Ya
era hora, por tanto, de que
el Tribunal Constitucional anulase la condena de tres años y cuatro
meses de prisión que el Tribunal Supremo impuso a Alberto
Alcocer y a Alberto
Cortina. Y así ha sido.
El Tribunal Constitucional ha estimado el recurso de amparo de los
estafadores y se ha sacado de
la manga una falaz doctrina sobre la prescripción de los delitos para
evitar que se libren de ingresar en prisión.
El
Tribunal Constitucional ha debido admitir lo probado en el Supremo: que
los albertos incurrieron en los delitos de estafa a sus socios –por un
montante de 4.000 millones de pesetas- y de falsedad en documento
mercantil con ocasión de la operación de compraventa de dos grandes
inmuebles de la Plaza de Castilla. Pero el Constitucional anula la
sentencia del Tribunal Supremo al estimar prescritos esos delitos. Según
una nueva doctrina sobre el plazo de prescripción, éste corre desde el
momento de la comisión del acto hasta la admisión a trámite de la
querella por el juzgado, y no hasta la simple presentación de la misma,
según se ha considerado hasta ahora. Se trata de una monstruosa doctrina
que hace depender la prescripción del capricho del juez, al que no se
impone plazo alguno para la admisión de querellas o denuncias. A la vez,
con esta sentencia, el Tribunal Constitucional ha usurpado la función del
Tribunal Supremo en un asunto de índole penal, no constitucional.
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El
Tribunal Constitucional expresa al más alto nivel que las cúpulas de
nuestro sistema de justicia no son más que pura prolongación de los
partidos del régimen. Su misión real es defender al poder del dinero
en que el vigente régimen se asienta, como ha sido en este caso, o los
atracos de los partidos políticos de la monarquía –expropiación de
RUMASA en beneficio del PSOE-. Ahora la incumbe, además,
legitimar la auto-reforma antinacional del régimen: no es difícil
imaginar cuál será su dictamen sobre la constitucionalidad del
Estatuto de Cataluña.
Los
mamporreros del régimen hablan de justicia democrática y de Estado de
Derecho. En los hechos, lo que hay es un Estado de Deshecho, severo con
los humildes y dócil ante los magnates, que asegura la impunidad de los
poderosos, hace trizas el principal principio democrático, que es la
igualdad de todos ante la leyes, y se halla siempre dispuesto a los más
vergonzosos bandazos tras las consignas del gobierno de turno.
De
los seis jueces que han dejado libres y con el producto de su estafa a
los albertos, cinco son de sensibilidad próxima al PSOE. Por ello, son
de corto vuelo las protestas de Cándido Conde Pumpido ante la sentencia
del Constitucional, con las que trata de encubrir el papel jugado por el
PSOE, bajo altas directrices de Estado, en toda esta jugada.
Febrero
de 2008
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