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P.J. Cadalso
Marzo 2008
La ideología dominante en España
hoy es la de izquierdas. Y no nos referimos con ese término a una
izquierda que fue y ya no es, ni a la que, según algunos, pudo ser y no
fue. Nos referimos a la izquierda
realmente existente, la izquierda reformulada tras la bancarrota del
comunismo y la socialdemocracia. Algunos la denominan “izquierda
indefinida”. Otros creemos, por el contrario, que sus contornos se
precisan con gran nitidez.
El PSOE y muchos de sus aliados han adoptado frecuentemente poses
antiyanquis. Sin embargo, el cuadro de sus valores esenciales fue
destilado en los Estados Unidos por exiliados europeos durante la Segunda Guerra Mundial y resulta completamente incomprensible
fuera del peculiar ambiente progresista norteamericano.
El germen de ese desarrollo puede rastrearse en
la obra de la llamada Escuela de Frankfurt (Herbert Marcuse, Theodor
Adorno, Max Horkheimer,
etc.).que, procedente del marxismo, procedió a la demolición crítica
del conjunto de su edificio teórico, incluido su fundamento ideológico
–el materialismo dialéctico-. Pero, más allá del marxismo, lo que
quedó afectado por esa crítica fue la propia Ilustración y la herencia
racional europea. En cuanto a las alternativas de esa escuela, recordemos
tan sólo que Marcuse se distinguió por su rehabilitación del deseo y
los impulsos pasionales, Adorno se hundió en un nihilismo autodestructivo
y Horkheimer terminó sus días abrazando un abstracto neo-judaísmo.
Del conjunto del marxismo la Escuela de Frankfurt retuvo únicamente un
concepto, el de “alienación”, utilizado por Marx tan sólo en su
juventud. Pero, a diferencia del joven Marx, la Escuela de Frankfurt
refirió ese concepto al plano sico-sociológico, disociándolo de toda
conexión con las relaciones de poder económico. Con ello abrió las vías
de de la “contestación” de múltiples formas de “dominación”,
“contestación” perfectamente compatible con el mantenimiento del
sistema social capitalista. No es casual que esta nueva orientación de la
izquierda haya hecho sus primeros avances en Europa en el seno de los
partidos provinentes de la socialdemocracia, corriente que ya antes de la
Primera Guerra Mundial había optado por la preservación de la “economía
de mercado”.
El post-marxismo de Frankfurt y el progresismo yanqui convergieron en una
doctrina mesiánica: la de imposición universal de la idea norteamericana
de la democracia y los “derechos humanos”, establecida en los Catorce
Puntos del presidente demócrata Wilson.
Ésta ha sido, desde entonces, la guía de todas las intervenciones
imperialistas norteamericanas, tanto del brazo de los demócratas, como de
los neoconservadores. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los
presidentes demócratas Roosevelt
y Truman la completaron con una línea
de reeducación del pueblo alemán derrotado en una “conciencia
de culpa” dirigida a destruir hasta la raíz su orgullo nacional. Los
exiliados de la Escuela de Frankfurt que regresaron a su país la
asumieron con alborozo.
Todas y cada una de las iniciativas sociales impulsadas en los últimos
tiempos por la izquierda post-marxista en Europa (desde el feminismo
radical hasta la política de cuotas raciales y sexuales), se han puesto
en práctica décadas antes en los Estados Unidos.
Los
valores que hoy presiden el “gobierno de España”, entronizados tras
el abandono formal de la socialdemocracia por Felipe González, siguen las
pautas anteriormente apuntadas, a través del multiculturalismo y la
islamofilia, que degradan el legado europeo al papel de una “civilización”
entre otras; el repudio del concepto de nación política, de raíz
grecolatina, actualizada por la revolución francesa, y el apoyo a los
nacionalismos étnicos más reaccionarios y racistas en nuestro país y a
los grotescos movimientos indigenistas en Iberoamérica; la puerta abierta
a las avalanchas migratorias; el privilegio a los lobbys feministas y
homosexuales; la ecolatría y los sermones sobre el Apocalipsis climático
-a la caza de subvenciones-; la extensión de una “conciencia de
culpa” a media España mediante una “memoria histórica” que imputa
a un solo bando los asesinatos cometidos con ocasión de la guerra civil y
presenta falazmente a los defensores de la II República como campeones de
la democracia…..
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Y
como trasfondo, un individualismo hedonista desaforado y la adhesión a
un nihilismo impúdico que, entre otras cosas, autoriza una acción política
sin principios ni escrúpulos. Todo ello como cobertura de un
lumpencapitalismo de pelotazo financiero y atraco, en regresión incluso
respecto de los valores de laboriosidad y ascetismo que Max Weber creyó
hallar en los orígenes del capitalismo.
Obviamente,
el discurso de esta izquierda se enfrenta a muchos de los valores clásicos
de la iglesia católica. Pero la trama ideológica que está en su base
no es otra que una nueva versión secularizada del paradigma judeo-cristiano
con sus eternos conceptos de pecado y caída (“alienación”,
“dominación” y “culpa”) y, finalmente, redención (mediante la
reeducación dirigida por la nueva casta de rabinos que deben impartir
la “educación para la ciudadanía”).
Precisemos
que la izquierda no puede todavía auparse al gobierno y mantenerse en
él con el solo recurso a su programa “contracultural” progresista,
consistente en culpabilizar a los españoles que no comulgamos con sus
tesis de ser guerracivilistas, xenófobos, racistas, aniquiladores de la
esplendorosa cultura mahometana, fanáticos clericales, opresores de
catalanes, vascos, gallegos y demás “naciones históricas”,
machistas, “homófobos” y, como resumen, “fachas”. Esto se hace
particularmente evidente en dos zonas donde se localizan los grandes
yacimientos de votos al PSOE, ·Andalucía y Cataluña. Por ello, en
esas zonas, el PSOE ha puesto en obra expedientes específicos. En
Andalucía, el clientelismo más repugnante y el voto subsidiado. En
Cataluña, la deriva nacionalista del PSC ha satisfecho las actitudes
subalternas del xarnego hacia
el catalanismo político, su expectativa de ser reconocido por él como
parte de la “Catalunya trionfant”. Pero, dada la composición social
de estos viveros de votos, tales expedientes son aun insuficientes. Por
ello, ha debido prolongar con demagogia de brocha gorda la ideología
“de clase” propia de la etapa socialdemócrata, que presenta al PSOE
como “partido de los pobres”, adaptándose a un estereotipo
derecha/izquierda que desde hace décadas carece de de toda realidad,
pero que amplios sectores de esas regiones asumiendo con una inercia
irracional.
Esos
sectores son de izquierda "por herencia". Han ido sufriendo
hasta hoy todo tipo de ataques y traiciones del PSOE y del PSC, pero les
siguen votando “para que no ganen los millonarios, los obispos y los
fachas”. Su aglutinamiento no es de opinión, sino de fe. Su voto es tribal. Y uno no se borra de la tribu fácilmente. Este
fenómeno no puede ser disuelto mediante debates, ni con apelaciones
fraternales, ni con "memorias históricas" alternativas. Sólo
puede disolverse por la concurrencia de dos factores. Uno es la
"socialización del sufrimiento" que procurará una crisis
económica severa. Muchos de los que se van a quedar sin vivienda, por
no poder pagar la hipoteca, sin trabajo y sin poder llegar a fin de mes,
han votado recientemente al PSOE. Se contarán entre los primeros que
deben expiar la única culpa real de lo que nos está pasando. El otro
factor es la aparición de un movimiento adverso, de combate real contra
el orden social capitalista, no basado en formulaciones fracasadas y en
estereotipos fantasmales, sino en la razón aplicada a los hechos del
presente. Y que se manifiesta de modo contundente, desconsiderado,
consciente de abanderar una tarea trascendental, política y ética.
El
PSOE, principal fracción de izquierdas del aparato político
capitalista, es un partido de aniquilación nacional de España. Y es,
además, el vector dirigente de un movimiento de aniquilación
civilizatoria, de asalto a la razón, de demolición de toda la obra del
genio espiritual europeo. Es una encarnación de la Barbarie propia del
periodo imperialista, y que fue anunciada por Rosa Luxemburgo como la
alternativa inevitable a un fracaso de los intentos de real
derrocamiento del modo de vida del Burgués.
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