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P.
J. Cadalso.
Junio
de 2007
I. UN DEBATE DE EXTREMA DIFICULTAD
El debate sobre la laicidad esta
candente en nuestros tiempos y, probablemente, cobrará nuevo vigor en
los que se avecinan. En nuestro país ha prendido como consecuencia de
las políticas adoptadas por el gobierno de Rodríguez Zapatero en
relación a determinadas materias, como la educación y el matrimonio,
suscitando la oposición de la jerarquía católica. En toda Europa, a
causa de las discusiones que comenzaron a plantearse en torno a la
Constitución europea –sobre las raíces cristianas de Europa - y por
la penetración masiva del Islam.
Este debate topa con varios órdenes
de dificultades, que podríamos sintetizar del siguiente modo:
1º. Confusión entre los
conceptos democrático y liberal de Estado laico.
Durante siglos, ha sido la tradición
religiosa -institucionalizada en la iglesia católica- la encargada de
vertebrar moralmente a las sociedades europeas. Pero a partir del
Renacimiento, irrumpe un cambio, que reflejan obras tan dispares como la
Maquiavelo y Hobbes. Ese giro trata de edificar la autonomía del orden
político, separándolo del orden religioso, y fundarlo en discursos
legitimadores no inspirados en dogmáticas confesionales; es decir, en
principios de cuño lógico y experimental. De modo inmediato, esta
tentativa benefició a diversas monarquías absolutas, que para
legitimarse pudieron invocar valores seculares como los de prosperidad,
orden y seguridad. Sin embargo, con el tiempo, favoreció el
advenimiento de la idea moderna de democracia.
De acuerdo con el ideal democrático,
el centro y fundamento de lo político no es la adhesión a una fe
revelada (ni, por supuesto, la gloria de una dinastía o la hegemonía
de una etnia). Es la realización material y moral de un ideal racional
de convivencia. El Estado reposa en valores que tienen como cimiento la
verdad racional, la justicia, la igualdad ciudadana y la libertad, y es
abiertamente beligerante en la defensa de los mismos.
La democracia supone forzosamente
el Estado laico: el compromiso, de enorme ambición, de crear y sostener
un espacio público definido exclusivamente por la ética y la simbólica
civil, cerrando el paso a toda confusión de lo político con lo
confesional. Desde el punto de vista democrático, la condición de
ciudadano es la única sobre la que tiene competencia el poder político.
Y es en virtud de ese único título que se establece la capacidad de
cada uno para participar en la constitución y control del poder político,
sin que pueda tenerse en cuenta ninguna otra condición.
Este marco institucional secular no
excluye, ni mucho menos persigue, las creencias religiosas. Pero en su
seno los dogmas religiosos se convierten en creencias particulares de
los ciudadanos, perdiendo su obligatoriedad general. Bajo el Estado
laico, tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de
quienes las asumen, pero no como deber
que pueda imponerse a nadie.
Las religiones pueden establecer,
para orientar a sus fieles, qué conductas son pecado. Pero no están
facultadas para sancionar qué debe o no ser considerado legalmente delito. Y a la inversa: una conducta tipificada como delito por
las leyes vigentes en un Estado democrático no puede ser justificada,
ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo, ni es
atenuante para el delincuente la fe que declara profesar. De modo que si
alguien apalea a su mujer para que le obedezca (lo mismo que si
recomienda públicamente hacer tales cosas), es indiferente que los
textos sagrados que invoca a fin de legitimar su conducta sean auténticos
o apócrifos, estén bien o mal interpretados, etc. En cualquier caso
debe ser penalmente castigado. Los principios, traducidos en leyes, del
Estado democrático marcan los límites socialmente aceptables dentro de
los que debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren
nuestras creencias. Son las religiones quienes tienen que acomodarse a
las leyes, nunca al revés.
Por ello, la laicidad no supone
simplemente la aconfesionalidad pasiva del Estado. Esta es la visión
liberal de la laicidad, inseparable de su defensa de un Estado
“neutro”, “no intervencionista”. De un Estado puramente “jurídico”,
vacío de valores, pues debe limitarse a expresar los que provienen de
la “sociedad civil”. El laicismo liberal se contenta con el deseo de
limitar la religión al ámbito privado, particular o colectivo, de las
personas y de mejorar la convivencia de las diversas religiones,
poniendo al Estado como “árbitro” de su “libre competencia” y,
en el caso extremo, como “gendarme” para protegerlas las unas frente
a las otras.
Un Estado laico es algo más que un
útil “garantista” de la “sociedad civil”. Desde el punto de
vista democrático, laicidad significa plasmación de una esfera política
de coherencia nacional edificada sobre bases terrenales, seculares. Y no
es un terreno de neutralidad, sino de combate político contra toda
organización o sistema que se escude en su autonomía para transgredir
el espacio común.
En relación al ámbito religioso,
un Estado democrático desestima cualquier preferencia por una creencia
religiosa e insta a las organizaciones eclesiásticas, como a cualquier
otro tipo de organización, al cumplimiento de las leyes generales, sin
más. El Estado laico no reconoce a la religión. Son los creyentes, en
todo caso, quienes deben realizar ese reconocimiento.
Las iglesias reclaman, desde hace poco, libertad religiosa, o
autonomía plena: todo este tipo de expresiones particularistas no deberían
ser tomadas en consideración por un Estado democrático. Las libertades
reconocidas son únicamente las públicas, comunes a todos: las de
expresión, la libertad de conciencia y ninguna otra especial que
intente ser un parapeto para seguir manteniendo privilegios.
2º.
Inercias teocráticas
Las alternativas del Estado democrático
no han sido digeridas del todo por la mayor parte de la jerarquía
eclesiástica. Tomemos en consideración que el principio de separación
de la Iglesia y el Estado es muy reciente. Hace apenas 45 años que fue
aceptado en la "Declaración sobre la libertad religiosa" del
Concilio Vaticano II. Y es
que durante más de 17 siglos -desde la conversión del emperador
Constantino a 1966- imperó la creencia de que la ley civil debe
adecuarse a las enseñanzas morales de la Iglesia. Por lo tanto, es
comprensible que muchos dirigentes eclesiásticos tiendan a creer que
todavía se les reserva un lugar sacro en el proceso político. Pero no
es comprensible que los dirigentes políticos les concedan ese espacio y
los traten como interlocutores privilegiados.
La realidad es que, si bien la
iglesia católica se acercó a las posiciones democráticas de renuncia
al Estado confesional con el Concilio Vaticano II, ha retrocedido después,
de modo parcial, a sus posiciones tradicionales.
Primer paso de ese retroceso: se
acepta un régimen de separación del Estado, pero la Iglesia proclama
que esta "separación" no implica la renuncia a exigir que las
leyes se amolden a sus posiciones doctrinales en los países que
considera católicos, allí donde los bautizados son mayoría, en los
que exige una posición especial.
Segundo paso atrás: la iglesia católica
distingue actualmente, de un lado, y de manera benevolente, entre un
Estado laico, que reconoce la autonomía mutua de la Iglesia y el Estado
en sus respectivas esferas. Del otro lado, y de modo hostil, el Estado
laicista, que se resiste a la tutela espiritual del Estado por la
iglesia. Es decir, la Iglesia se alía con la visión liberal de la
laicidad para negar al Estado todo contenido axiológico. La creación y
difusión de valores corresponde en régimen de monopolio a las
confesiones. Con ello, las confesiones adquieren la relevancia de una
especie de servicio público, que justifica su posición preeminente y
la necesidad de su financiación pública.
Esto explica que el PSOE y su
“Educación para la Ciudadanía” sean combatidos por la Iglesia,
ante todo, desde un ángulo de repudio al "fundamentalismo
laicista". La jerarquía eclesiástica no puede permitir ninguna
incursión profana en un campo, que considera de su exclusividad. El
tradicionalismo nacional-católico se reafirma en nuevas formas, ahora
amalgamadas con el anti-intervencionismo liberal. Sólo en segundo plano
aparecen las críticas a los contenidos, sin duda funestos, de la
“Educación para la Ciudadanía”.
Los nacional republicanos debemos
ser conscientes que si no se atenúan las actuales posiciones de la
jerarquía católica, la artillería antidemocrática que utiliza contra
el PSOE será empleada con mucha mayor intensidad contra nosotros.
Nuestra demanda programática de educación en una moral nacional
sustentada en las virtudes republicanas y en la exigencia socialista será
acusada no sólo de “fundamentalismo laicista”, sino incluso de
“totalitarismo” y de “panteísmo estatal”.
3º. La izquierda española nunca ha sido democrática ni laica
El debate se emponzoña con la
introducción del concepto de laicidad izquierdista: el
laicismo es una especie de ateísmo moderado. Para el
izquierdista al uso, laico es quien, desde el ateismo, tolera las
creencias ajenas y exige que le permitan manifestar las suyas. La
idea de laicidad en España, y su incomprensión generalizada entre
nosotros, se debe, en buena medida, a esta concepción.
Es ésta una definición aberrante
de la laicidad, que no permite la asunción generalizada de la misma y
obstruye el logro de su mejor virtualidad: la de ser precisamente
espacio de encuentro político. No podemos confundir la laicidad con una
estrategia de las opciones ateas -o agnósticas-.
Somos partidarios de una laicidad
que convoque a todos nuestros compatriotas, y no solamente a los ateos o
agnósticos; es decir, una laicidad que no se manifieste como la opción
encubierta de ciertas “sociedades filosóficas”, sino como una fórmula
estrictamente política y, por lo tanto, sólo beligerante en este ámbito.
El entendimiento habitual de la
laicidad como una forma de "ateismo o agnosticismo tolerante"
es contradictorio con el espíritu laico como espíritu de homogeneización
nacional y mediación civil. La laicidad de
los poderes públicos no niega, sino que presupone la pluralidad de
creencias y convicciones en el seno de la ciudadanía.
Este
ángulo, y no el rechazo del “intervencionismo estatal” es el que
fundamenta nuestra crítica a la “Educación para la Ciudadanía” y
demás sub-productos del PSOE. Esa “Educación” se amasa en un
discurso individualista liberal radicalizado, que entabla una
competencia anticlerical con la iglesia católica para aupar los
privilegios de una nueva clericalla, transversal en sus “tenidas”.
Ensalza un falaz cosmopolitismo y, a la vez, el concepto étnico de nación
para demoler el fervor nacional español. Incrusta posiciones de medro y
privilegio de los lobbys sexistas y propaga un suicida relativismo
cultural para el fomento de la penetración islámica. Es una correa de
transmisión de las presiones de ciertos sub-imperialismo europeos para
fomentar la desintegración de España.
II. EVOLUCIÓN RECIENTE EN ESPAÑA
En
España ya no vivimos, ciertamente, en un Estado confesional como lo
fuera el de la época del nacional-catolicismo franquista, pero tampoco
en un Estado estrictamente laico. Es un híbrido de proclamas no
confesionales conjugado con el mantenimiento de privilegios eclesiales,
que se suman a las reliquias que representan la institución monárquica
o los arcaicos privilegios forales de ciertas regiones, todo ello
consagrado en la Constitución de 1978.
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Ya
la propia Constitución incurría en contradicción en el artículo 16,3
cuando, tras afirmar que “ninguna religión tendrá carácter
estatal”, a renglón seguido citaba expresamente a la Iglesia católica.
Era el primer paso en una pantomima que no sólo no se ha corregido,
sino que se ha ido agudizando. Todos los gobiernos, de centro, de
derecha o de izquierda, han persistido en ella, con ayuda de seudo
debates como los que hemos mencionado en el apartado anterior.
Unos días después
de la aprobación de la Constitución, se firmaron los Acuerdos con la
Santa Sede, preconstitucionales
en su elaboración y anticonstitucionales en algunos de sus puntos.
Eran unos pactos de rango internacional que privilegiaban a la
Iglesia en materias como la enseñanza del catolicismo en la escuela, la
atención pastoral a las fuerzas armadas y en los hospitales, en asuntos
jurídicos como el reconocimiento de efectos civiles para el matrimonio
canónico, en cuestiones económicas como exención de impuestos y
dotación para culto y clero, etc.
Así rezaba el artículo I de los citados Acuerdos: “la educación
que se imparta en los Centros docentes públicos será respetuosa con
los valores de la ética cristiana”.
Año
y medio después se aprobó la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, con
un amplio respaldo parlamentario. La ley apelaba al principio
constitucional de igualdad, pero consagraba la desigualdad y legitimaba
la discriminación, al privilegiar a las confesiones religiosas “de
notorio arraigo” sobre las otras religiones. La expresión de
“notorio arraigo” es un peligrosísimo concepto que, dada su
indeterminación y ambigüedad, ha propiciado un elevado grado de
discrecionalidad por parte de la Administración. Muchos juristas,
incluso católicos, opinan que Ley de Libertad Religiosa vulnera los
principios de laicidad del Estado y de igualdad de todos los ciudadanos.
Los
Acuerdos con la Santa Sede, la Ley de Libertad Religiosa y los Acuerdos
con la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, con
la Comisión Islámica de España y con las Comunidades Judías de España,
establecen religiones de tres clases o categorías: de primera, la
Iglesia católica; de segunda, las de “notorio arraigo” (judaísmo,
Iglesias Evangélicas e Islam); de tercera, aquellas a las que no se
reconoce el “notorio arraigo” y no han firmado acuerdos con el
Estado español. Creemos que, con estos mimbres, la construcción de un
Estado democrático y laico en España se ha convertido en una quimera.
Algunas
de las actuaciones recientes del gobierno de Rodríguez Zapatero nos
alejan todavía más de la laicidad. Una es el acuerdo económico con la
Iglesia católica de septiembre de 2006, ratificado en los Presupuestos
Generales del Estado de 2007. Otra el Real Decreto de enseñanzas mínimas
de secundaria obligatoria.
Cada
vez estamos más lejos del objetivo de la autofinanciación, fijado en
los Acuerdos del Estado y la Santa Sede de 1979 y ratificado en 1988
cuando entró en vigor el modelo de asignación tributaria. Si la
Iglesia católica tenía privilegios económicos, con el acuerdo de
septiembre de 2006 los ha incrementado, al elevarse el porcentaje de la
asignación tributaria de 0,52% a 0,7%. El catolicismo es la única religión para la que el Estado
recauda.
Otra
prueba del alejamiento del Estado laico ha
sido el mencionado Real Decreto de enseñanzas mínimas, que ha contado
con el justificado regocijo general de las asociaciones católicas de
padres de alumnos. En materia de enseñanza de la religión, el Gobierno
cedió a las presiones de sectores católicos que se echaron a la calle
para protestar contra la LOE en una manifestación apoyada por la
Conferencia Episcopal Española, para seguir la misma o similar política
de privilegio que los gobiernos del Partido Popular. Mantiene la
asignatura confesional de religión como materia evaluable y computable
para pasar curso, si bien establece una alternativa. En cualquier
caso, deja en manos de los obispos la elección y el cese de los
profesores de religión, cuyos salarios son abonados por el Estado.
En
suma, la Iglesia católica sigue manteniendo unas relaciones
privilegiadas con el Estado, el cual le sigue ofreciendo grandes
concesiones: la financiación del clero y de la Conferencia Episcopal,
la enseñanza de religión en la escuela, un régimen abusivo de
conciertos educativos con los colegios católicos, un régimen fiscal más
que favorable, y en definitiva el mantenimiento de la Iglesia católica
como si fuera la religión para-estatal. Es una contradicción que el
Ministro de Exteriores afirme que el Estado es laico y después declare,
sin embargo, que los Acuerdos con la Santa Sede están bien como están;
o que la Ministra de Educación diga que no se puede llevar el velo islámico
a la escuela porque estamos en un Estado Laico y desconozca el hecho de
que un 30% de los escolares están encuadrados en colegios católicos.
Es inconcebible, desde la perspectiva de la laicidad, el mantenimiento e
incluso refuerzo de un sistema educativo segregado entre los que van a
colegios católicos y el resto.
En este marco, la expansión de la
religión musulmana plantea un grave problema. Esta confesión se opone
en su fundamento mismo a la separación del Estado y la religión,
aborrece el concepto de ciudadanía en nombre de la comunidad de
creyentes y combate la igualdad de derechos de los ciudadanos,
preconizando incluso prácticas que atentan contra los derechos más
elementales. Pero si no existe un Estado laico y tampoco una escuela pública
laica, no existe autoridad moral para imponer prohibiciones, empezando
por la referente al uso de símbolos religiosos en la escuela.
III. NUESTRA PROPUESTA
La nueva república española por
la que combatimos supondrá:
1º. En lo simbólico
De entrada, que las instituciones
abandonen el catolicismo simbólico que siguen arrastrando en muchos
casos. Ninguna autoridad pública debe asistir a procesiones o actos litúrgicos.
Las fuerzas de orden público, el ejército o cualquier otro organismo público
no deben desfilar en las procesiones religiosas y tampoco las dignidades
eclesiásticas deberían ser autorizadas a dirigir o coparticipar en la
presidencia de las celebraciones civiles. Las fórmulas de juramento
confesional deberían ser suprimidas en la toma de despachos civiles.
Los símbolos religiosos no deberían presidir aulas o dependencias públicas.
2º. Sometimiento al derecho común
El trato que deben recibir las
confesiones es el que marquen las leyes comunes y no leyes especiales de
regulación del hecho religioso. La libertad religiosa no es más que
una prolongación de la libertad de conciencia, independientemente de
que pueda tener una manifestación pública. Deben suprimirse los
Acuerdos y Concordatos existentes con las diferentes confesiones
religiosas.
3º. Fin de la financiación pública de las confesiones para fines y
tareas específicamente religiosos.
Debe ponerse fin a la financiación
por parte del Estado del clero y la Conferencia Episcopal. En España,
aparte de las vías de financiación diferidas a la iglesia católica,
existe una financiación directa presupuestaria a su sostenimiento que,
por lo demás, cada año se incrementa. El propio sistema de financiación
que establecía el Acuerdo con la Santa Sede ha sido vulnerado -según
ese Acuerdo, la iglesia ya debería estar en la actualidad en la fase de
“autofinanciación”-. Hoy hay que ir más lejos: se requiere una
ruptura radical cerrando el grifo de esa financiación directa. En esto
no deberían existir posturas intermedias o de transición: simplemente
se impone la denuncia de los Acuerdos con la Santa Sede. A la vez, debería
rechazarse cualquier intento de financiar a otras religiones en aras de
garantizar un trato igualitario.
4º. Cambio radical del sistema educativo. Una sólo enseñanza, pública
y laica, directamente gestionada por la Administración central del
Estado.
En España existe, ante todo, un
problema de debilidad del sistema educativo público. El origen de esta
debilidad no está en las sucesivas políticas coyunturales, sino más
bien en el modelo educativo de base, cuyo origen contenía el germen de
esa debilidad. Es un modelo educativo dual -entre escuela pública y
privada subvencionada-, pero con hegemonía efectiva de la educación
católica, tanto en la enseñanza privada como en la pública.
En efecto, el modelo educativo español
se fundamenta en la coexistencia de una red de colegios públicos y de
colegios privados, en su gran mayoría católicos, sostenidos económicamente
por el Estado. Ello se justifica a partir de dos postulados: a) un
postulado liberal de libertad de creación de centros docentes, negación
de la educación como servicio público esencial que, con reserva de
Ley, debe ser encomendado exclusivamente al Estado; b) la “libertad de
elección de los padres”, garantizada por los poderes públicos
mediante los denominados “conciertos educativos”, postulado
confusionista que identifica escuela con catequesis.
Es un dislate monstruoso que
la enseñanza obligatoria, primaria y secundaria, pueda estar
segregada en función de una elección de los padres basada en su
libertad religiosa o de creencias.
Hay que suprimir la enseñanza de
la religión confesional en las escuelas, ya que el lugar adecuado para
impartirla son las dependencias con que cuenta cada religión para
transmitir sus doctrinas. La formación catequística de los ciudadanos
no tiene por qué ser obligación de ningún Estado laico, aunque,
obviamente, debe respetarse el derecho de cada confesión a predicar y
enseñar su doctrina a quienes lo deseen. Naturalmente,
fuera del horario escolar.
La III República debería proceder
a una congelación de los conciertos, a una revisión de los existentes
y a un plan de supresión progresiva de los mismos. El reto que hoy
afronta la educación pública no es sólo el de la calidad, sino sobre
todo el de su mera subsistencia, a la vista de los ingentes recursos que
se derivan hacia la enseñanza privada. Aproximadamente, el 36% de los
alumnos de educación obligatoria están escolarizados en centros
privados, y la tendencia apunta al incremento de dicho porcentaje,
relegando los centros públicos a la atención casi exclusiva de los
sectores socialmente marginados. La educación, igual en calidad para
todos, es un derecho fundamental que no puede ser eludido por el Estado
en atención a intereses particulares.
La tarea de reversión será de
grandes proporciones y, forzosamente debe plantearse de forma gradual.
Obviamente, requerirá un plan central coordinado de mejora de la
calidad en la educación pública. Pero, a la vez, habría que adoptar
medidas políticas audaces: moratoria en los conciertos por 20 años,
junto a un plan de supresión de muchos de los existentes, y ello acompañado
de reformas legislativas que permitiesen su puesta en práctica de
manera eficaz.
El desafío de la escuela española
es instaurar la sistemática educación patriótica y republicana de las
nuevas generaciones y avanzar en calidad a todos los niveles (programas
contra el fracaso escolar, nuevo
desarrollo curricular, formación permanente del profesorado, adaptación
a las nuevas tecnologías...). Pero con la mayor urgencia debe poner fin
a la segregación social educativa en la enseñanza obligatoria.
Mientras no exista una escuela pública laica que tenga como meta la
educación en igualdad no existirá un Estado democrático.
La finalidad del presente artículo
ha sido abordar problemas relacionados con la laicidad del Estado; pero
no puede desperdiciar la ocasión de resaltar la necesidad de colocar a
la educación pública en el centro de la reconstrucción de la nación
española por la que luchamos.
Un Estado merecedor de ese nombre
se sustenta en las leyes y en la educación. La crisis actual de España
tiene una de sus causas principales en la destrucción conceptual y
material del sistema educativo nacional. Desde hace décadas prevalece
del modo más descarnado una filosofía liberal capitalista que enfatiza
la preeminencia de los intercambios privados y el mercado como referente
fundamental. Esto ha dado pie al abandono puro y duro de la
responsabilidad pública de educar. De forjar nuevas generaciones de
patriotas y de transmitirles el conocimiento.
Bajo el dominio de oligarquías
capitalistas anti-nacionales y anti-democráticas, la educación no es
hoy un componente central de las estrategias de construcción de la
patria española. El abandono de la responsabilidad educadora del Estado
corre parejo a las políticas de ajuste estructural y ahorro de recursos
públicos en el terreno educativo. Tal abandono no es accidental: empuja
de modo incesante un proyecto de privatización,
de apertura al mercado, del sistema educativo. A todas horas se habla de
“fomentar la eficiencia” y “alcanzar la excelencia”. Pero el
resultado es la polarización y la estratificación social en el acceso
a la educación. La agudización de la desigualdad social está
garantizada.
Ante esta ofensiva, el impulso
hacia la instauración de un Estado verdaderamente democrático y, por
tanto, laico, así como la promoción de la educación pública
adquieren relevancia estratégica para todos los que queremos dar vida a
un nuevo nacionalismo español. Como en el siglo XIX, la educación
vuelve a ser hoy uno de los grandes temas y espacios de la confrontación.
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