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P.J. Cadalso
Octubre de 2008
No confundimos población
española con pueblo español.
La población española es una categoría demográfica y tiene, sin duda,
interés estadístico. El pueblo español designa, en cambio, una
categoría política de dimensiones mucho más reducidas. Se asienta como
mínimo en el sentimiento de
España, en la angustia por su pérdida y en la voluntad de su
pervivencia. La edificación del partido que nos hemos propuesto los
nacional-republicanos se dirige, ante todo, a este sector. Persigue ganar
de entre el mismo a los elementos más inquietos e insatisfechos, rebeldes
y activos, que la crisis actual puede multiplicar.
La
labor de conquista de esa
vanguardia tiene lugar principalmente mediante la propaganda
en torno a los puntos cruciales del Programa del partido. Tal
propaganda se basa en las tareas objetivas de la revolución democrática
y socialista española, y no en la actual mentalidad de la población que,
en su mayoría, por desgracia, constituye una masa
atomizada en estado de sumisión.
Propaganda: muchas ideas para pocas personas. Significa explicar
pacientemente, clarificar, poner en orden las ideas.
El
partido no se limita a esta actividad propagandística. Conforme progresa
en la conquista de la vanguardia, puede y debe intervenir en los
movimientos de masas, en primer lugar en los que se producen de hecho.
Aquí si resulta fundamental la agitación
–pocas ideas para muchas personas-. Hace imprescindibles los
objetivos parciales, así como tomar en consideración la temperatura del
movimiento, para potenciar los “destellos de conciencia” que puedan
brotar del mismo, para criticar de forma constructiva las falsas salidas
y, en todo caso, para sugerir las soluciones de fondo que implica su
futuro. Y a la vez, esos movimientos de masas, fecundados parcialmente por
la intervención del patriotismo republicano y socialista, pueden segregar
nuevos destacamentos de la vanguardia amplia.
La
tarea de unión de la teoría revolucionaria, basada en la experiencia
histórica, con esa vanguardia patriótica amplia dispuesta a la lucha, y
todo ello completamente al margen de las instituciones oficiales, es sin
duda una de las más difíciles de todo proceso revolucionario genuino. Es
una tarea previa a todas las demás y puede exigir dilatados esfuerzos.
Pero sin su cumplimiento, cualquier intento de construir un partido de
alternativa real al sistema no pasará de ser un total despropósito,
vacío de contenidos, un
peligroso juego sujeto a toda suerte de desviaciones y ambiciones
personales.
Durante
años de esfuerzos en esa dirección el PNR, si bien no es un partido
abstencionista por principios, nunca ha presentado listas a las
elecciones. La explicación de esta actitud es muy simple.
En el supuesto de que
el PNR concurriese a las citas electorales del régimen,
debería hacerlo bajo su propio programa, de reconstrucción
nacional, republicana y social de España. Pues bien, ello supondría
mentir como bellacos al pueblo
español, dándole a entender que tal
reconstrucción puede realizarse a partir de un gobierno emanado del
vigente marco constitucional. Nuestra posición es que eso sólo es
posible con el derrocamiento
del régimen mediante la movilización popular. A la preparación y
estímulo de la misma consagramos todas nuestras fuerzas. Tanto más
cuando el régimen está lanzando terribles agresiones políticas,
económicas y sociales que cuentan con los juegos electorales como
maniobra paralizante de cualquier conato de resistencia.
La única salida es el pueblo
español directamente contra la chusma política dirigente. Sus formas adecuadas no
son las elecciones, sino las manifestaciones
y, sobre todo, las concentraciones ante los centros oficiales, sean
institucionales o de los partidos, hasta conseguir la defenestración de
la oligarquía política, desde su testa coronada para abajo.
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Es
por todo ello que no sólo consideramos enemigos
a los grandes partidos del régimen, el PSOE y el PP, sino que,
además, calificamos de cómplices del mismo a todas
las organizaciones pretendidamente alternativas que, con él único fin
de que algunos de sus miembros puedan vivir del erario público o, más
modestamente, con la intención de hacerse publicidad –“que se
visualicen nuestras siglas”-, participan en los comicios del juancarlismo, embelleciéndolo,
ayudándole a montar la farsa de su imagen democrática.
Esta
actitud del PNR le ha acarreado críticas de la extrema derecha y de la
extrema izquierda.
Algunos
grupos de extrema derecha interrumpen su actividad regular –que es la
celebración de aniversarios- para presentarse a elecciones. Con el fin
de hacerse más aceptables, reducen
sus propuestas a “programas mínimos”, casi siempre limitados a la
inmigración o el terrorismo, y se callan cualquier alternativa general
al régimen. Desde luego, huyen como de la peste de la consigna de la
república democrática. Sus ridículos resultados electorales hablan
por sí mismos. A algunos de ellos no les votan siquiera sus
simpatizantes, que prefieren hacerlo al PP.
Más
alambicadas son las críticas procedentes de grupos de la extrema
izquierda que siguen hablando de socialismo y de construcción de un
partido revolucionario.
Desde
nuestro punto de vista, la quiebra de la monarquía puede hacer
conveniente la participación electoral como una táctica
mediante la cual un fuerte partido, sólidamente cohesionado,
intente dotarse de nuevas tribunas de propaganda y de medios para
incidir en las masas aún inmersas en orden social capitalista. En
ningún caso es una táctica para construir ese partido. Para ello,
lo primero es conquistar a amplios sectores de vanguardia. Lo segundo,
ganar influencia y fuerza en las calles. Luego pueden venir las
preocupaciones electorales.
Para
los críticos ubicados en la extrema izquierda, siempre hay que
participar en elecciones, puesto que lo dijo Lenin. Y ponen el ejemplo de la participación de los socialdemócratas rusos
en la archirreaccionaria Duma zarista en 1907.
Dichos
críticos silencias dos aspectos importantes.
El
primero es que el partido obrero socialdemócrata ruso contaba en ese
momento con más de 100.000 afiliados, muchos de ellos probados en una
actividad clandestina prolongada, lo que se traducía en un caudal
electoral nada desdeñable de entre un millón y un millón y medio de
votos seguros.
Lo
que intentó Lenin con esa participación en la Duma fue preservar el
espíritu de combate del partido, dando a sus miembros un referente
político y una actividad que había casi desaparecido de las calles,
fábricas y campos de Rusia, tras la derrota de la insurrección de
1905. Trataba de contrarrestar el incipiente vaciamiento social
de las organizaciones socialdemócratas. Y nuestros críticos ocultan
que ese intento fracasó rotundamente.
Según
cuenta Pierre Broué en su documentada historia del partido bolchevique,
en Moscú la organización contaba en 1907 con varios millares de
efectivos; hacia el final de 1908 quedaban 500 y sólo 150 a fines de
1909. En 1910 la organización en esa ciudad había dejado de existir,
mientras que en el conjunto del país los afiliados pasaron de los
100.000 a menos de 10.000. Además, parte de la organización saltó en
pedazos. Al inmediato alejamiento de la fracción de los llamados "otsovistas",
partidarios del boicot a la Duma, se sumó finalmente la ruptura de los
mencheviques, que venían empujando para arrastrar al partido hacia la
lucha exclusivamente legal..
La táctica de “edificar el partido” utilizando
las elecciones para fines de propaganda antisistema, supone el absoluto
desvarío de arrojar sobre la conciencia confusa e incluso subalterna de
los compatriotas, la sobrecarga de ver legitimado el régimen
“democrático” por quienes lo niegan de palabra, pero de hecho
aparecen formando parte del mismo..
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