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J.
Colomar
Octubre 2008
Afirma uno de los textos fundamentales del
Partido Nacional Republicano:
“El mundo de las máquinas,
ha provocado un trastrocamiento integral de la existencia. Ha convertido
de modo irrevocable la relación del hombre con la naturaleza en una
empresa cada vez más colectiva, que establece apretados lazos de
dependencia reciproca entre millones de hombres e instaura una realidad
cada vez más compleja. Ha convocado poderes inmensos, que permitirían
una formidable ampliación de horizontes. Existe un gigantesco material
que aguarda con impaciencia que se le impregne de un sentido legítimo.
Una colosal acumulación de medios de poder se halla dispuesta para un
nuevo dominio histórico. El sufrimiento del mundo, un sufrimiento de
signo universal, es que el mencionado dominio no se ha plasmado todavía.
El dominio del Burgués subordina todo ese inmenso caudal de posibilidades
a los "derechos del Individuo" y a la búsqueda frenética de su
felicidad consumista. El resultado no ha sido "la Libertad". Han
sido las formas más monstruosas de tiranía y, sobre todo, el desarrollo
de un proceso económico que se superpone al hombre como un gigante
desencadenado. ¿Qué son las crisis periódicas, sino la demostración de
que el trabajo y la técnica no pueden ser racionalmente organizados desde
las categorías políticas y económicas del individualismo?”.
En
efecto, el advenimiento de la técnica industrial destruyó el mundo de
los pequeños trabajos completos y separados, propios de la agricultura
arcaica y del artesanado. Desde entonces, ha ido pidiendo a gritos
una ordenación holista, un
todo que fuese más que la suma de sus partes. En definitiva, un sistema
comunitario y funcional, no una mera adición de átomos pretendidamente
autosuficientes. Incluso le impone al Burgués pasos técnicos en
ese sentido, para afrontar la concurrencia de capitales y para
protegerse de sus propias contradicciones. Esto es lo que ha ocurrido
con el reemplazo de la centralidad de la propiedad privada individual
por la propiedad privada colectiva (sociedades anónimas), con la
cartelización de sectores enteros mediante la creación de oligopolios
y monopolios, con la disociación de la gerencia respecto de la
propiedad, con la introducción de elaboradas formas de planificación
en el ámbito de la empresa, e incluso con las nacionalizaciones para
salvar a sectores del capital en crisis: ¡en este momento, en los
propios USA y en Inglaterra! Algunos ultraliberales académicos siguen
anunciando los manuales de Hayek y de Von Mises: su maqueta es un
idílico mundo de competencia entre pequeñas empresas que se ajusta
automáticamente, mientras el Estado no intervenga, mediante el juego de
la oferta y la demanda. Pero el liberalismo es una representación
primero errónea y luego mentirosa de la realidad. Para empezar, en lo
que concierne a la proyección del Estado.
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El dominio del Burgués
sólo ha sido posible desde un principio merced a la decisiva
intervención del Estado –la acumulación primitiva de capital en
Inglaterra a base de patentes de corso, tráfico de esclavos y
expediciones coloniales-.En la actualidad, asistimos al
desenmascaramiento del falso dilema entre “liberales”, partidarios
de que sea el mercado quien purgue las crisis, e
“intervencionistas”, partidarios de la acción del Estado. Los
“liberales” ensalzan al mercado en los tiempos de vacas gordas, pero
se avienen a que, en
tiempos de vacas flacas, Papá
Estado acudida en auxilio de sus negocios. En cuanto al
“intervencionismo”, no significa otra cosa que el enjuague público
de las pérdidas del capital y de los dispendios de la corrupción de
los aparatos políticos, a cuenta de los contribuyentes, para
reemprender la privatización cuando las condiciones lo permitan.
Ese
dominio sigue amurallando el valor de la sacrosanta propiedad privada,
que incluso Tomás de Aquino situaba dentro del "derecho de
gentes" y no del "derecho natural". Pero, en la práctica,
se ha desplegado como la más implacable palanca de expropiación
–primero de campesinos y artesanos, luego de empresarios pequeños y
medios... Hoy asistimos a un colosal proceso de expropiación de unos
grandes capitales por otros mayores, a través de absorciones,
fusiones… Masas astronómicas de capital están cambiando de estantería.
Pero, con todo esto, es el Burgués quien nos muestra el camino de la
concentración técnica y financiera, de la anulación del sacrosanto
mercado, de la planificación e incluso de la estatización! ¡Es el
Burgués quien nos indica la “hoja de ruta” que debe conducir a su
aniquilación! Naturalmente, ésta no se producirá evolutivamente y de
forma indolora. No ha existido jamás un sector privilegiado que haya
asistido pasivamente a su propia extinción. Pues, a la vez, el Burgués,
atado irremisiblemente a las “categorías del individualismo”
-propiedad privada incondicional y demás “derechos humanos”,
mercado como mecanismo insuperable de la asignación de recursos,
beneficio, dinero como mercancía y no como simple equivalente,
“sociedad civil”, parlamentarismo liberal, etc.- no puede sino
propulsar a niveles cada vez más elevados las contradicciones de su
mundo, en un proceso desenfrenado que discurre de una catástrofe a
otra mayor.
Mientras
exista concurrencia de capitales y necesidad de los mismos de
contrarrestar las tendencias a la caída de sus tasas de beneficios,
habrá innovación tecnológica. Pero no todo es progreso en el mundo
del Burgués. Así, hoy constatamos que el capitalismo, cuya forma
propia de excedente adopta la forma de beneficio
industrial, no ha podido prescindir de formas de renta procedentes de
sociedades anteriores –como es el interés
bancario, herencia del vampirismo de los usureros-, que inyectan
brutales cuotas de parasitismo al sistema. No obstante, esto no abona el
discurso de algunos moralistas del capitalismo, aferrados a la distinción
entre un capitalismo bueno -la “economía productiva real”,
y un capitalismo malo –el bancario-. Ambos han unido
indisolublemente sus destinos. Al igual que en nuestro país se han
unido los de la oligarquía económica –finanza y oligopolios- y los
de la oligarquía política, desde la Zarzuela para abajo, con todos sus
pajes de izquierda y de derecha.
Nosotros,
republicanos y socialistas españoles, somos la verdadera gente de orden
frente al desorden establecido. Contrariamente a lo que creen los
progres y los libertarios -unos liberales cabreados- no será la “libertad
del individuo” sino la exigencia
de orden nacional justo la mayor fuerza subversiva.
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