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J. Puig
Octubre 2005
Desde el Partido Nacional Republicano hemos insistido en el hecho de
que la historia de nuestros dos últimos siglos se caracteriza por la
ausencia de una moral nacional autónoma. Entendemos que esto es
consecuencia del fracaso
de la hegemonía y de las soluciones del Burgués. Es el producto de la dominación social de una burguesía
retardataria y cobarde que, en sus versiones derechistas se alió con
los valores y poderes del Antiguo Régimen y que, a la vez, engendró en
la orilla política de la izquierda, a través de una satelización
invertida, destructivas dinámicas antinacionales.
Es necesaria una moral nacional de
aproximación inmediata a la Patria, sin apoyaturas metafísicas. Para
ello puede comenzar asentándose en las "virtudes
republicanas" que pertenecen al legado de Roma.
Los romanos consideraron a la república como "régimen de las
virtudes". Y en la cima de esas virtudes colocaron el patriotismo,
la preeminencia de los intereses generales
sobre los particulares y los sectoriales. La República puede
responder de modo coherente al lema de “todo por la Patria” porque
quiere ser la Patria de
todos.
Según esa tradición, la República no sólo es el régimen capaz de
asegurar la pervivencia, independencia y grandeza de la comunidad, sino
que, además, aparece como condición indispensable para el desarrollo
personal de cada uno de sus miembros, como el marco capaz de elevar al máximo
sus capacidades. Su tendencia es a la superación del conflicto entre lo
público y lo privado.
Esta herencia fue actualizada y desarrollada por la gran revolución
francesa mediante el principio de la soberanía popular indivisible
–que hoy oponemos, en España, a la monarquía, la partitocracia y los
caciques separatistas- y su base fundamental, la igualdad ciudadana.
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La ciudadanía republicana es una condición “artificial”, derivada
de la pertenencia a una comunidad nacional política (y no un atributo
de la “esencia humana”, del "individuo”, según preconiza el
liberalismo, o de pertenencia a una colectividades étnicas,
“comunidades. lingüísticas” y demás “unidades naturales de
convivencia”).
Todo ello implica el cultivo de virtudes fundamentales: interés
apasionado por lo público y la política, participación intensa,
confianza en la capacidad de imponer los cambios que exijan las
circunstancias, probidad, afán igualitario no nivelador -compatible con
una meritocracia-, implacabilidad con la corrupción, etc.
Maquiavelo fue más allá la exhortación romana a la práctica
desinteresada de las virtudes. Vio en la República al régimen político
superior por su ajuste a la “realidad efectiva de los hechos”. La Patria vive siempre en el Tiempo
y, por ello, en el Conflicto y ante el riesgo de desintegración. La República,
según Maquiavelo, resuelve el problema de la Duración por tres razones
fundamentales: por constituir Patria de todos,
que moviliza el interés de cada uno en defenderla, por su
capacidad de canalizar de forma institucional la conflictividad interna
y por su aptitud para forjar una clase
política amplia y adaptable a los cambios.
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En efecto, para instaurar la nueva
República, el "régimen de las virtudes", es necesario
una nueva clase política, ante todo un nuevo Partido. Pero ese
instrumento, perteneciente a la modernidad, deberá hallarse adornado
por la "virtù", término de Maquivelo intraducible al
español, que resume la cualidad esencial que el florentino atribuía al
Príncipe. Una alianza compleja de las capacidades del león con las de
la zorra, de la resolución y la audacia con la astucia y la espera, del
amor a la Patria con la disposición a una hostilidad sin límites ni
acotamientos hacia quienes la destruyen.

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