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PJ.
Cadalso
Diciembre
2005
1. PATRIA
La Patria, entendida al modo
romano, es tradición -"traditio", entrega-, que ha de
ser preservada y perfeccionada. Es el "lugar de nuestros
padres". Añadirá Nietzsche que debe ser, además, el "lugar
de nuestros hijos”.
El patriotismo es sentimiento. Pero
no hay patriotismo genético. Los sentimientos no brotan de la biología.
Son razonamientos en conmoción.
Y los razonamientos son solidificaciones de experiencias. El sentimiento
patriótico es producto de una experiencia histórica que ha terminado
cristalizando en una realidad existencial colectiva. Es resultado de la
convivencia durante muchos siglos -o milenios-, de empresas comunes,
leyes comunes, gestación de un idioma común, memorias y relatos
compartidos, enemigos comunes....
En los grandes momentos, la Patria
es construcción deliberada. Es troquelado de un tipo humano.
2. HISPANIA: DE LA TRIBU AL IMPERIO
Nuestra historia como Patria
se inicia con Roma. Con los iberos y celtas vivíamos en el estadio de
la tribu. Su horizonte vital no excedía el cuarto grado de
consanguinidad. Gracias a la victoria de las legiones, pasamos de la
tribu al “pueblo romano”, entendido como cuerpo político. Y a la
participación, en lugar preeminente, en un proyecto imperial.
El Imperio, en la versión europea
que apunta Alejandro e inicia Roma desde César, es la "comunidad
política extensible”, con vis
universalista. Es Patria de la Idea que, con los romanos, se expresa en
una racionalidad pragmática, "ingeniera", visible en el
Derecho, las instituciones, la arquitectura de gran estilo, concebidas
para atravesar los siglos y sobrevivir a la fragilidad de los hombres
singulares.
Con los continuadores se produce,
frecuentemente, una caída de nivel. Así ocurre con la monarquía
visigoda. Los visigodos heredan el ideal de Roma, pero en su fase de
bajo imperio cristianizado, al que además degradan con diversas
incrustaciones "bárbaras". La noción de ciudadanía cede
ante el séquito, la clientela y el pacto de vasallaje.
3. PÉRDIDA DE LA PATRIA HISPANA Y
RECONQUISTA
Cabe interrogarse sobre la
debilidad de la romanización. ¿Dejó en gran medida intacto el
sustrato originario ibero, es decir, tribal, "bereber"? ¿Prolongaron
el "rancho aparte" de los visigodos y su debilidad numérica
la kábila subyacente, escasamente romanizada?
En cualquier caso, lo que resulta
innegable es la islamización fulgurante del 80% de la población de la
península.
Los españoles de la Reconquista
son reducidos núcleos que se sienten enemigos de los moros y herederos
del legado visigodo y, a través del mismo, de Roma. Hasta los Reyes Católicos
no es una empresa colectiva. Es en gran medida tarea particular de
grupos de la nobleza arrojados a permanente lucha entre sí.
II. TROQUELADO B: MONARQUÍA HISPÁNICA
4. LOS REYES CATÓLICOS
Los Reyes Católicos nos ponen en
vanguardia de Europa con la construcción de la
monarquía unificada. Inician el quebrantamiento de la
ex-centralización feudal y el sometimiento de los señores de horca y
cuchillo a un poder regio central. Transforman el final de la
Reconquista en empresa popular y, tras la misma,
inauguran una empresa más elevada todavía: la conquista de América.
Después del inicio romano, los
Reyes Católicos suponen el segundo gran impulso de “construcción de
pueblo”, de troquelado del español, con el catolicismo como moral política
unificadora. Son ingredientes de este impulso la reforma de la Iglesia
operada por Cisneros (una Iglesia “nacional”, instrumento de la
Corona), precediendo a las ejecutorias de Richelieu y Mazarino; la
sistematización de la lengua castellana con Lebrija, y una infantería
que sobresale en Europa acompañando a la diplomacia hispánica.
Este proceso culminará con los
Austria, mediante la versión renacentista del ideal del Imperio. España
supo hallar las dos palancas más potentes de la época -el Imperio y la fe católica (un ideario universalista)- como
instrumentos políticos de la grandeza. Con ellos alcanzó cumbres de
pujanza –de “desmesura”,
comentará Nietzsche- no
alcanzadas hasta entonces por pueblo alguno. En el plano interno, se
constata una profunda revolución que propició el tránsito de una
población particularista, atascada en sus pleitos locales, a un pueblo
de preocupación universal, navegante, colonizador, ambicioso.
5. LIMITES DE ESE PROCESO
Es erróneo hablar de la “unidad
nacional” conseguida por los Reyes Católicos. La Nación como forma
de vida política nace con la revolución francesa. Y se exagera, además,
el alcance unitario de este periodo. Con los Reyes Católicos, así como
con los Austria, e incluso con los Borbones, sólo tenemos "las Españas", la "monarquía
compuesta".
Por otra parte, no se manejan
impunemente ciertos instrumentos. Los medios que en un momento
dado nos encumbraron, nos llevarán a continuación a quedarnos
aparcados de la historia, al impedirnos hallar a tiempo los nuevos
resortes, esta vez técnicos y económicos, de la “voluntad de
poder”.
Desde los Reyes Católicos el poder
español utilizó la fe religiosa como herramienta fundamental de la
eficacia política. Pero España saldó con creces el préstamo del
catolicismo al Imperio. Si el catolicismo ha podido perdurar hasta
nuestros días ha sido gracias a la España de los Austria, con sus teólogos
en el Concilio de Trento, gracias a Lepanto, gracias a los Tercios en
los campos de batalla de Europa, gracias a la obra organizadora en el
Nuevo Mundo. Y, a cambio de un siglo y medio de gloria, la incrustación
fanática del dogma católico en la esfera política e intelectual
dificultará de modo extremo el paso a los fermentos de cultura secular,
racional, científica que han desembocado en el mundo titánico de la Técnica.
Un mundo que sigue siendo el nuestro, y cuyo protagonismo se halla todavía
hoy en disputa, entre la hegemonía del Burgués y las tentativas, por
el momento fallidas, del Trabajador.
6. UNA PROLONGADA DECADENCIA
El absolutismo borbónico: un
lamentable repertorio de tarados que aliaron a su carencia de ilustración
una mentalidad de herederos y liquidadores (con salvedades como Carlos
III).
Ya se señaló en su día desde las
páginas de La III República que apenas hemos podido beneficiarnos
de los aspectos positivos que el absolutismo aportó a otros países. Así,
la afirmación de una "razón de Estado", sin duda despótica,
pero que introducía una distancia con la moral de la Iglesia, aunque
fuese bajo la férrea guía de jerarcas de esta última. El ascenso de
una "nobleza de toga" ganada al racionalismo ascendente. El
comienzo de separación entre el patrimonio del Rey y la Hacienda Pública.
La aparición de una burocracia profesional de servidores del Estado, en
lugar de las viejas clientelas. El intento de una nueva legitimación de
la monarquía en la búsqueda de seguridad y prosperidad de sus súbditos,
aunque todavía debiese convivir con la invocación del derecho
divino... Y, con todo ello, el allegamiento de un apoyo popular que
permitiese al Rey la sistemática laminación de feudos territoriales.
La preparación inconsciente, molecular, de la Nación unida e
indivisible.
El troquelado del español forjado
desde los Reyes Católicos languidecerá en el alma de nuestro pueblo
hasta el siglo XIX, incluyendo la llamarada del levantamiento patriótico
contra la invasión francesa y la posterior guerra de la Independencia.
Curiosamente, hemos estado celebrando como efemérides “nacional”
ese alzamiento frente a Napoleón y el ideario de la revolución
francesa, alzamiento en nombre de un monarca
absolutista, con guerrillas capitaneadas en algunos casos por
capellanes, y todo ello bajo la alta dirección del
británico Wellington.
III. TROQUELADO C: LA NACIÓN ESPAÑOLA
7. PRIMER NACIONALISMO ESPAÑOL
En 1812 tiene lugar el comienzo
formal de la Nación española. Para que ese inicio constitucional diese
paso a una construcción nacional efectiva eran necesarias importantes
transmutaciones: paso de la monarquía por derecho divino, a la soberanía
nacional popular como fuente legítima de todo poder, y del súbdito al
ciudadano; separación de la Iglesia y el Estado; decadencia de los
privilegios señoriales en el seno de una comunidad de ciudadanos
iguales; disolución de todo el entramado de fueros, particularismos
aldeanos y privilegios territoriales. Ataque a fondo a la gran propiedad
latifundista.
Pero lo propio de los países
atrasados es la ausencia de un jacobinismo violento y arrollador que
despeje los caminos de una
joven burguesía capaz de edificar un poderoso paisaje industrial.
Contrariamente a lo pronosticado por Marx, los países atrasados no
siguen mecánicamente los pasos de los más adelantados. Durante toda
una etapa, los viejos poderes se sostienen incorporando algunos de los
últimos rasgos del despliegue capitalista en los países más
avanzados, que combinan con la preservación de las estructuras más
vetustas. Así, en nuestro caso, hará pronto acto de presencia un
capital financiero rapaz que no culmina un ascenso industrial, sino que
se amasa con depósitos de la gran propiedad territorial, de las órdenes
religiosas y de los indianos. Este marco posibilita tan sólo una
industria y comercio raquíticos, en medio de la pobreza de la mayor
parte de la población, sumida en una agricultura arcaica, todo ello
bajo total dependencia extranjera.
El primer nacionalismo español es
un timorato nacionalismo liberal que preservará la monarquía, erigirá
todas las Constituciones del siglo XIX, a excepción de la de la I República,
bajo el signo de la confesionalidad católica del Estado y mantendrá a
la Iglesia y a los grandes terratenientes en todos sus privilegios
medievales. Y jamás se le ocurrirá discurrir sobre la necesidad de una
moral nacional propiamente política. Lo español se continuará
identificando con lo católico. Y, consecuentemente, los españoles,
durante mucho tiempo, seguirán siendo católicos como lo habían sido
durante siglos, a través del Estado.
No negaremos a ese nacionalismo
algunos aspectos positivos: idea, aunque fragmentaria, de la Nación política
y sentido de su unidad, loa a los grandes momentos del pasado (Reyes Católicos),
organización en provincias, etc. y algunos tímidos intentos de
modernización en el plano hacendístico. Estos fueron suficientes para
encabritar a la reacción tradicionalista carlista, radicalmente hostil
a la idea de Nación y a la modernidad, con un ideario de “Dios,
Patria, Rey”, fueros, idolatría del localismo, etc. La impotencia de
ambos sectores favoreció que el ejército se convirtiera en actor de la
vida política y vivero de estadistas.
8. REPUBLICANISMO LIBERAL
Por otra parte, el ala
intelectual más impaciente del liberalismo procedió a reelaborar sus
residuos ideológicos en un sentido republicano. Esta alternativa, de
corte radicalmente individualista, se vincula estrechamente a la masonería
que, tras la máscara de una virulenta hostilidad a sus competidores de
la iglesia católica y una ampulosa fraseología humanitaria y
pacifista, oculta una función de agencia de los imperialismos francés
y anglosajón.
Este republicanismo se entregó
primordialmente a una labor de diatriba anticlerical, a socavar el espíritu
militar, al aliento de las tendencias disgregadoras de catalanes y
vascos, al derrotismo integral con ocasión de la guerra de Marruecos y,
en todo momento, a desacreditar todo sentimiento patriótico español.
9. 1898.
1898 no sólo es un momento de gran
cambio por el fin del imperio y el comienzo de la agitación separatista
a escala importante. Lo es también por la gestación de una decisiva
transformación ideológica que se impondrá en un segmento de las
esferas dirigentes. Supone lo que en Francia había significado el paso
de De Maistre a Maurras, pero con un alcance histórico infinitamente
mayor, pues no se redujo a una mera operación intelectual.
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El significado del
nacionalismo español experimentará un cambio radical, que lo separará
de la senda política liberal. Bajo el rótulo del nacionalismo español
pasará a cobijarse un intento de recuperación actualizada del
Troquelado B. Más exactamente, se urdirá la amalgama de un proyecto de
modernización liberal capitalista en lo económico, con el discurso
ultracatólico y tradicionalista, que durante todo el siglo XIX no había
sido nacionalista, en el terreno político. La dictadura de Primo de
Rivera será un primer y tímido ensayo en esta dirección. El
franquismo conducirá ese proyecto a su triunfo y plena realización.
El mencionado giro de la derecha
está en la base del radical rechazo anti-españolista de la izquierda
social. Pero esto pudo producirse porque, a la vez, existía una
satelización de esa izquierda por las proclamas de la derecha: la
izquierda daba por buena la definición que la derecha hacía de España
para arrojar a España al cubo de la basura.
El separatismo catalán y vasco va
de la mano del desigual desarrollo económico. En un primer momento,
sectores burgueses y pequeño burgueses de esas dos regiones, más
desarrolladas que las restantes, intentan tomar en sus manos la dirección
del Estado para convertirlo en instrumento de protección de sus
negocios. Tras una sucesión de fracasos políticos, optan por una vía
secesionista. Y en las Vascongadas hay que considerar, además, la
resistencia a la modernización liberal de parte del caserío y el
clero.
Grandes masas obreras y campesinas
pasan a vivir de modo súbito lo que Nietzsche denomino "muerte de Dios", y que aquí se reduce a la pérdida de
vigencia del ideario católico. Pero más que una impugnación del
dogma, lo que irrumpe, en
pleno siglo XX, es un afán analfabeto y visceral de exterminio del
clero. Con la paradoja de que, a la vez, el fermento cristiano,
disociado del marco católico y radicalizado en formas secularizadas y
mesiánicas, abona la expansión del anarquismo en proporciones
desconocidas en otros países.
10. SEGUNDA REPÚBLICA
La II República, que se
autodenominaba “república de
trabajadores de todas clases”, irrumpió como un régimen
liberal-capitalista trufado por la masonería, obsesionado en mermar el
poder de la iglesia católica sin dar el más mínimo paso
para evitar que gran parte del pueblo español siguiese hundido
en la miseria. Terminó sus días apoyada en un abigarrado pacto de
republicanos “burgueses”, separatistas, ministros anarquistas y
marxistas estalinizados, bajo la creciente dirección de estos últimos.
Ese régimen no triunfó porque su
derecha parlamentaria era completamente antisocial y sólo
instrumentalmente republicana y porque los republicanos de izquierda,
ante todo el PSOE, no tenían
interés alguno ni en España ni en forma alguna de lo que llamaban
“democracia burguesa”. Ya en 1934 se hizo visible el proyecto
de aniquilación social y nacional desatado por el socialista Largo
Caballero, “el Lenin español”, en conjunción con los secesionistas
catalanes.
Azaña, principal exponente de los
republicanos “burgueses”, pretendía reeditar en pleno siglo XX la
jugada jacobina: manipulación de "los grandes batallones
populares" por un pequeño núcleo de intelectuales. Pero los
"grandes batallones" ya tenían doctrinas, organizaciones y
jefes propios. Desde 1936, el único papel de Azaña, irrisorio y patético,
era prestar fachada democrática ante Occidente a un proceso orientado a
la “bolchevización” del país, bajo la batuta de Moscú.
Hay que destacar la falsedad del análisis
trotskysta que ha presentado al Frente Popular con un mero expediente de
defensa del orden liberal frente a la “revolución proletaria”. El
Frente Popular, en la estrategia estaliniana, no era más que la primera
fase de la construcción de una “democracia popular”, que implicaba
la conquista de la hegemonía del Partido Comunista en su seno y el
exterminio paulatino, “como se
corta el salami” (Dimitrov), de los aliados iniciales.
11. NACIONAL-CATOLICISMO
El franquismo constituyó una
dictadura militar-clerical, cuyo fundamento ideológico era la afirmación
de España como "reserva espiritual de Occidente": la defensa
del catolicismo y de una cultura tradicional pre-moderna que sólo podía
perpetuarse en exiguos marcos provincianos y agrarios.
En una
fase muy limitada, el franquismo se dotó del andamiaje político
“de una especie de seudo-fascismo” (Payne). Ésta fue la aportación de la Falange, intento
contradictorio de conciliar esquemas políticos procedentes del
fascismo italiano, y cultura católica. Gracias a su trasfondo cultural
tradicionalista, la Falange pudo funcionar, con ciertos rechinamientos
provocados por la renuncia a algunas de sus metas sociales, dentro del
esquema franquista.
Durante años,
Santiago Carrillo, asesorado por el prominente economista Tamames,
pronosticó la imposibilidad de un desarrollo económico bajo el
franquismo. Ese desarrollo exigía, según el P.C.E., una “revolución
antifeudal”. Sin
embargo, desde
finales de los 50, y en medio de un ciclo largo de crecimiento económico
internacional, España constituirá un ejemplo de manual de la llamada "vía
prusiana de desarrollo”. Desde una superestructura de dictadura
nacional-católica se promovió una impetuosa transformación
capitalista del país, que alteró sustancialmente su fisionomía.
Pero con ello se fue acentuando una
contradicción fundamental entre las consecuencias del impulso tecnológico
y económico, de un lado, y el mantenimiento de las formas políticas
dictatoriales y la cultura tradicional, de otro. Los intentos de
recambio de los iniciales discursos “nacional-sindicalistas” por un
materialismo orgánico de “paz” y “desarrollo”, se revelaron
insuficientes. Se habían aglomerado amplísimas capas sociales urbanas
que suspiraban por ser “europeas”: por acceder al modelo de vida
individualista liberal coherente con el marco socio-económico del
capitalismo maduro.
Bajo el franquismo, ingentes
recursos económicos y millones de trabajadores de Andalucía y Castilla
fueron puestos al servicio de una potenciación industrial de Cataluña
y el País Vasco, de las "provincias traidoras". Con ello, el
franquismo sentaba las bases de una ulterior exasperación de las
pretensiones separatistas de estas zonas, sobre todo cuando en el centro
y en el levante español aparecieron polos económicos más dinámicos.
12. SEGUNDA RESTAURACIÓN
El rasgo más relevante del régimen
de 1978 es la completa desnacionalización de España que la precipita
hacia la desintegración.
Este proceso arranca de etapas
anteriores. Payne constata una "ausencia de nacionalismo español
derivada de la debilidad de espíritu patriótico". Esta debilidad patriótica tiene sus orígenes en el declive del
catolicismo que había sido su contenido fundamental, por un lado; por
otro, en la identificación, propiciada desde la izquierda, del
patriotismo hispánico con el franquismo (que, por su parte, había
contribuido decisivamente a la despolitización de los españoles).
A esto se suma la obra sistemática
de desnacionalización promovida, con la bendición borbónica, a partir
de la constitución de 1978: liberalismo individualista desvinculado de
toda preocupación nacional española, combinado con enaltecimiento
acomplejado del patriotismo étnico-linguístico en las
“nacionalidades”.
Por otra parte, se cumple el
presagio de Joaquín Costa: "o nos europeizamos, o nos
europeizan". Como hemos sido incapaces de introducir de forma
selectiva y original las experiencias y avances del continente, se ha
impuesto un europapanatismo colonizador que opera, además, como
coartada del olvido de España.
Con Aznar, tras un largo periodo
socialista, accede al gobierno una derecha conservadora-liberal,
impregnada de acomplejamiento ante la presunta legitimidad histórica de
la izquierda. Por ello adoptará la bandera del "patriotismo
constitucional", izada por los “progres” alemanes (Habermas)
deseosos de sepultar el pasado nazi de su país. No irá más lejos en
su completa esterilidad intelectual. Todo su mensaje se agotará en el
eslogan de la “prosperidad” y su visión del papel de España en el
mundo se reducirá a la subordinación incondicional a los USA.
La izquierda de origen marxista ha
visto como fracasaban por doquier todos sus proyectos históricos
-"socialismo real" y "Estado del Bienestar"- y ha
terminado abrazando al liberal capitalismo del modo más impúdico. Pese
a ello, aún se cree portadora de un papel redentor del género humano.
Y ante las reticencias del "proletariado" a aceptar su
"misión revolucionaria universal", ha cambiado de sujetos
históricos. Se ha puesto a la cabeza de las corrientes migracionistas,
de la islamofilia y, en nuestro país, de los discursos nacionalistas
“identitarios”, de corte étnico, que fundamentan a los
separatismos. Sectores de esa izquierda, ante todo en el PSOE, han
trocado los mitos del internacionalismo proletario por el cosmopolitismo
destilado en las “sociedades filosóficas” que han alumbrado el
engendro de Constitución Europea. El PSOE ya no persigue ninguna
transformación social. Pero ha puesto en marcha un proyecto de
aniquilación de España como Estado unitario y de entronización de un
marco confederal que, lejos de apuntar al futuro, significará una
formidable regresión histórica. En ese marco, grato a los grandes
poderes económicos de Eurolandia, el PSOE aspira a sobrevivir como
"partido institucional" amparado en la corrupción, el
desprecio a toda legalidad y el aplastamiento de sus adversarios.
IV. RECONQUISTA DE ESPAÑA
En resumen: fracaso de dos siglos
de construcción nacional de España, como producto del fracaso de todas
y cada una de las soluciones del Burgués como tipo humano. Fracaso de
la monarquía constitucional decimonónica, fracaso de la primera y
segunda repúblicas, fracaso del franquismo, fracaso de la segunda
restauración.
Como se resumía en el Acta de la Secretaría General del Partido
Nacional Republicano celebrada el 14 de mayo de 2005. "una vez más
se repite la maldición del ciclo histórico de la "pérdida de
España": traición de las esferas directivas -desintegración
taifista de la Patria-, colonización integral por parte del extranjero
(Eurolandia), amenazas de invasión marroquí de nuestros territorios,
afincamiento interno de quintas columnas islámicas"·.
El ciclo de la “pérdida de España” ya está muy avanzado. Que
nadie espere su detención por parte de fuerzas del propio sistema que
lo alentado. Desde hoy, la tarea es preparar la reconquista de España:
se hará en medio de sus escombros y merced a combates que prometen ser
virulentos.
En esa perspectiva, toda ensoñación pasadista debe ser desterrada.
Reconquista no es restauración de ninguna de las situaciones que, una
tras otra, nos han conducido a la pérdida. El objetivo es el
acabamiento de la construcción nacional de España mediante su
constitución en república unitaria, democrática y laica, dotada de
proyectos de profunda transformación social. Supone acciones directas
de gran envergadura por parte de los trabajadores españoles y, como
fruto de las mismas, el inicio de troquelado de un nuevo español. Éste
no significará el triunfo de alguna de las “dos Españas” evocadas
por el poeta. Tampoco su reconciliación. Significará su entierro y el
comienzo de un nuevo tiempo histórico.
Para todo ello, de nada sirven el regodeo en el casticismo, o la
introspección en busca de alguna “eterna metafísica de España”.
Está pendiente la recuperación directa de grandes valores éticos y
políticos, racionales y democrático-republicanos de nuestra tradición
greco-latina y de sus prolongaciones en la modernidad.
Al mismo tiempo,
tampoco podemos limitarnos a copiar la experiencias de otros. Tenemos
que volver a ser creadores, a devolver de forma acrecentada y original
todas nuestras deudas con la historia. Es más, estamos obligados a
ello. La refundación nacional-democrática de España es imposible sin
la derrota de la mentira individualista liberal que corroe a Europa
entera. Es imposible sin desmontar los dos grandes campamentos de la
barbarie que gracias al liberalismo se han ido instalando en todas
partes: el nacionalismo étnico y el fundamentalismo islámico. Y es
imposible sin que España se convierta en laboratorio de un socialismo
mayor de edad, de la gestación del nuevo sentido del trabajo y de la técnica que el planeta
entero está demandando.
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