CONTRA LOS PACTOS SOCIALES



 

 

 

Crisis financiera, crisis del ladrillo, crisis de la energía

 

Los romanos hallaron la fórmula para pastorear a la plebe. Panem et circenses. El régimen juancarlista acaba de celebrar con éxito unos circenses. Pero no podemos esperar la misma fortuna respecto del panem. Seguiremos siendo campeones, pero campeones del mundo en déficit exterior, campeones de Europa en el aumento de las tasas de paro -10% frente al 7,2% de la eurozona- y en inflación.

El Banco Central Europeo (BCE) ha elevado de nuevo los tipos de interés. Estamos en el 4,25%, el nivel más alto desde que llegó el euro. Esto repercutirá forzosamente en nuevas alzas de los porcentajes de interés hipotecario –el euribor se sitúa ya en un 5,4%,- que ya estrangulan a millones de españoles. La restricción crediticia asfixia además la actividad productiva. El crecimiento del crédito es el más bajo de los últimos 15 años. El crédito barato ha sido la gasolina que ha movido la economía española desde la última recesión (lo que explica su elevado endeudamiento privado). Sin él, las posibilidades de recuperar umbrales de crecimiento aptas para generar algo de empleo (en torno al 3%) son simplemente imposibles.

El gobierno proclama que la sobreoferta del “ladrillo” se está reajustando. Pero crisis no ha hecho más que empezar. Muchas de las casas que hoy se están construyendo se iniciaron antes de que estallara la burbuja financiera. En un contexto de restricción del crédito, conforme terminan los trabajos van a engrosar el stock de viviendas sin comprador, que la ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, ha estimado actualmente en unas 600.000 y que es probable que se aproximen al millón.

El IPC se ha disparado al 5,1 %, socavando la capacidad de compra de los salarios y las pensiones. El derrumbe del consumo es ya un hecho palpable salvo para Zapatero, cuya máxima preocupación es evadir toda responsabilidad en lo que está pasando. Él no tiene la culpa de nada. La culpa de la inflación es de la escalada del precio de las materias primas, básicamente del petróleo, cosas que, como todo el mundo sabe, “están fuera de su alcance”. Por supuesto, él no es responsable de las alzas del crudo. Pero sí es responsable, después de cuatro años de gobierno, de que los hidrocarburos -petróleo y gas natural-representen el 82% de nuestro consumo energético total, más del doble de la media de la UE-27, donde los hidrocarburos representan el 40% de la energía total. Todo ello por descartar la energía nuclear, cediendo a la presión de Francia, los ecolojetas y los grandes intereses petrolíferos. Presume de haber incorporado las energías renovables, pero éstas suponen tan sólo un 10% del consumo total, dado sus elevados costes de generación, después que los gobiernos del régimen, empezando por los del PSOE, han destruido cientos de miles de hectáreas de cultivos bajo los dictados de Eurolandia.

En diciembre pasado, Zapatero mantenía unas previsiones de crecimiento del PIB de un 3,3%. Después de lo que ha llovido, sigue negándose a reconocer la crisis. Habla de “coyuntura económica claramente adversa”. Pero hasta Solbes ha debido reconocer que el PIB tenderá a cero en el segundo semestre, al tiempo que 2009 arrojará un panorama incluso peor.  

 

Un régimen del gran capital 

El Partido Nacional Republicano ha definido al régimen juancarlista, desde el punto de vista de la hegemonía social que traduce, como un régimen del capital financiero y oligopolista, subordinado a los grandes poderes de Eurolandia. Esto significa dos cosas. Que ese régimen es incapaz de evitar el estallido de las crisis cíclicas que acompañan a la forma de vida capitalista, estallido que, además, asume en nuestro caso formas especialmente virulentas una vez que carecemos de cualquier autonomía financiera (acuerdos de Maastrique y papel del BCE) y energética. Y que cualquier gobierno de ese régimen, aunque se llame socialista, no tiene otra función ante esas crisis que descargarlas sobre el mundo del trabajo y socializar las pérdidas del capital.

Así lo muestran los “paquetes de medidas” que anuncia Zapatero. 

 

“Planes de choque” para rescatar al ladrillo 

Parte de esas medidas son pura tomadura de pelo: el plan de “austeridad” en materia de gasto público. Incluye una congelación salarial de los altos cargos del ejecutivo zapaterino, después que desde 2004 el número de los mismos ha crecido un 55 por ciento (528 en la actualidad frente a los 341 de 2004). Incorpora, además, una reducción de oferta pública en la minimizada Administración General del Estado y una ridícula reducción del gasto corriente de 20 millones de euros. Todo esto se limita a un recorte del 0,007 por ciento de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2008.

Otra línea de actuación consiste en una importante inyección de fondos públicos –unos 65.000 millones de euros-, distribuida en varios ejercicios, en forma de créditos en condiciones más favorables que las del mercado, destinada al salvamento de los héroes del ladrillo, inmobiliarias, promotores y empresas, dándoles salidas a través de la reconversión en VPO, rehabilitación de viviendas e infraestructuras hoteleras, etc.

¿Cómo se financiará este plan de rescate? Solbes asegura que el superávit en el conjunto de las Administraciones Públicas y la reducción de la deuda pública conseguida en los últimos años dan al gobierno de Zapatero un margen de maniobra para llevar a cabo “nuevas actuaciones discrecionales”. Afirma, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que las cuentas públicas cerrarán este año con un equilibrio “razonable”. En realidad, tal “equilibrio” avanza hacia la desaparición del superávit en 2008 –ya se ha esfumado el 80%- e incluso hacia la llegada del déficit. Por ello, el aumento de los compromisos financieros anunciados no tiene otra salida que el incremento de la deuda pública (recaudación de impuestos futuros por parte del Estado). 

 

La falacia de los pactos sociales 

Parece que vamos a un colapso global. Cuatro millones de parados a fines de 2009, inflación galopante, endeudamiento público astronómico… ¿Zapatero no había previsto esta situación porque “estaba en las nubes”? Zapatero ha mentido durante casi un año negando los nubarrones que planeaban sobre la economía, mientras preparaba lo que considera su alternativa decisiva. Ya anunció durante la campaña electoral que una de las iniciativas principales de su gobierno sería la de convocar a los agentes sociales para concertar un gran acuerdo económico-social.

 Se bosqueja un gran pacto entre gobierno, patronal y sindicatos. Ya ha tenido lugar una primera toma de contacto. De momento, consiste en que no se tomará medida alguna que no sea el resultado de un pacto previo entre esos mismos agentes. Frente a los “decretazos” de Aznar, el talante de Zapatero.

Los pactos sociales tienen como ingrediente una falaz manipulación del patriotismo. Hacer pasar por interés nacional el interés de los grupos hegemónicos, a cambio de prebendas a los aparatos de los “interlocutores sociales”.  

El interés de los trabajadores españoles es el interés general de la Nación española. Los trabajadores –asalariados, autónomos, profesiones independientes, negocios familiares- somos la Nación, por número y por constituir su única fuerza creadora. Banqueros y jerifaltes de las grandes concentraciones de capital son sólo una ínfima minoría de parásitos.  

 

La estrategia de Zapatero 

En el momento actual, Zapatero escucha complacido el griterío tatcheriano del Banco de España, voceros del PP, doctrinarios neo-liberales de la COPE: supresión del impuesto de Sociedades, rebaja de las cuotas patronales a la seguridad social, gratuidad total del despido, eliminación del salario mínimo inter-profesional, vinculación de la actual crisis económica al sistema de pensiones, acusándolo de amenazar las finanzas públicas, etc. Esta vociferación salvaje ayudará al “partido de los pobres” y a su “gobierno de España” a componer una imagen de moderación y preocupación social, aderezada con defensa del interés general, afán patriótico y consenso. Al final, con algún retraso y algunos aspavientos, Rajoy terminará sumándose.

La orientación de los nuevos pactos sociales es clara. Ante todo, la moderación salarial es importante ya que, según los manuales oficiales, las alzas retributivas empeoran la inflación y las tensiones inflacionistas afectan negativamente a la creación de empleo, lo que tendería a intensificar y prolongar el ajuste económico. Una nueva congelación de los salarios de los funcionarios es más que probable. Pero, además, se hace aconsejable una atemperación de las cláusulas de revisión salarial presentes en el sistema de negociación colectiva, pues fomentan la transformación de los impulsos inflacionistas que, como todo el mundo sabe, son momentáneos, en alejamientos duraderos de la senda de moderación salarial.

Los “interlocutores sociales” serán invitados a reflexionar no sólo sobre el incremento de los costes salariales, sino también sobre la flexibilidad del mercado de trabajo. Naturalmente, se afirma que se tratará de compaginar la flexibilidad con la seguridad. Por ello asistiremos a la exploración de nuevas variantes de los contratos indefinidos-basura puestas en obra por las últimas reformas laborales de Zapatero.

Ninguna de estas medidas ni otras similares puede amortiguar la crisis. Estas medidas aprovechan la crisis para crear condiciones de una ulterior restauración de las tasas de beneficio capitalista. Tras el eufemismo de la moderación salarial se agazapa el intento de que los trabajadores disminuyamos poder adquisitivo, participación en la renta nacional y capacidad de presión social, de modo y manera que nos veamos forzados aceptar futuros empeoramientos de las condiciones laborales.

 

 

Los trabajadores no tenemos la culpa

 

Mientras ha durado la bonanza económica, los incrementos salariales no llegaban al 4% -apenas han mantenido el poder adquisitivo-; sin embargo, la mayoría de los beneficios empresariales se han situado año tras año en tasas de dos dígitos.

Si a alguien no se puede responsabilizar de la crisis ni de la inflación es a los trabajadores. La moderación que ahora se nos va a exigir la hemos venido soportando ya durante todo este tiempo. Según un estudio sobre distribución de rentas de D Julio Alcaide, nuestro mejor estadístico, durante la legislatura Zapatero el 60% de las familias perdió renta real.

El origen de la actual crisis se encuentra en el comportamiento de los salarios. Proviene de la burbuja creada durante todos estos años en el sector de la construcción y que ahora se ha pinchado al subir los tipos de intereses y la inflación. Eso sí, con pingües beneficios para muchas empresas. Tampoco es nuestra culpa el encarecimiento del dinero. De esto son responsables quienes nos han integrado en el engendro de Eurolandia y se someten los dictados monetaristas del BCE, funcionales con los interesas del capital financiero centro-europeo. Y ya hemos visto el impacto que tiene sobre la inflación la renuncia del vigente régimen a procurar una cierta autonomía energética.

Los trabajadores no tenemos la culpa, ni nada que pactar. 

 

Resistencia 

Se impone, por tanto, la resistencia. Si los trabajadores españoles no plantamos cara no sólo no podremos avanzar hacia objetivos superiores, que exigen un drástico cambio de régimen social. Vamos incluso a sufrir un formidable retroceso en las actuales condiciones de trabajo, ya deplorables. Resistencia a los pactos de moderación salarial, a la desregularización de los convenios, a las nuevas reformas laborales, a la disminución progresiva de los gravámenes sobre las rentas de capital y de los beneficios empresariales, al incremento de la presión fiscal sobre el consumo, a las desigualdades en retribuciones y condiciones de trabajo impuestas por los caciques autonómicos… Esa resistencia no se puede traducir ya en presiones reivindicativas a la patronal, sino en objetivos políticos contra el gobierno y sus eventuales “interlocutores sociales”. Y cada vez menos es la huelga el método de acción apropiado, sobre todo en las actuales circunstancias de crisis. Es la acción directa y masiva tomando las calles.

No se nos ocultan los obstáculos con que toparemos. El primero de ellos, las grandes centrales sindicales. Éstas no constituyen en modo alguno órganos de defensa de los trabajadores, sino aparatos de preservación del orden social capitalista y parte integrante de su Estado. Viven esencialmente de sus subvenciones. Su función es la de cámaras de intoxicación y dispositivos de control de los asalariados para impedir el desbordamiento de las soluciones del gran capital y su gobierno. En consecuencia, la resistencia a los pactos sociales tendrá que hacer “memoria histórica”. Deberá recuperar formas de acción y democracia directa, basadas en las asambleas y comités electos en las mismas, que permitan la movilización genuina del trabajo y su generalización, echando por la borda a los lugartenientes laborales del Borbón, de Zapatero y de Botín.

 

 

Secretaría General del Partido Nacional Republicano

Julio de 2008